México. Opinión- El presidente Andrés Manuel López Obrador estará este fin de semana en Guerrero, un estado donde la corrupción histórica de sus autoridades mantiene empobrecida a una población que además tiene que vivir con el miedo permanente de la violencia.

De nada valdrá que AMLO venga a Acapulco a repetir sus oratoria optimista si no trae consigo medidas claras, acciones que van más allá de pavimentar e inaugurar calles y remodelar parques, si no trae consigo justicia para los guerrerenses.

Además de todos los males que padecen los guerrerense, ahora han tenido que sortear los efectos de la pandemia que ha dañado gravemente el turismo y otras fuentes de empleo, lo que mantiene en vilo cualquier expectativa de futuro que pudiera albergar la población de este lugar.

Por eso, más que las autoridades, gobernador y alcaldesa de Acapulco, que sólo buscan tomarse una buena foto con López Obrador para presumir electoralmente, es la gente la que más ansía escuchar del presidente una ruta realista, no más del mismo discurso desvelado de siempre, para superar una crisis económica que tendrá sus efectos más perniciosos a fines de año.

En su visita, el presidente debe tomar en cuenta que la petición más reiterativa de los gobernantes de Guerrero es que hacen falta más recursos, más presupuesto, pero lo que en verdad hace mucha falta es más honestidad, menos corrupción, pues en este estado, un salón de clases, o un tramo de cien metros de pavimento se cotiza en millones de pesos. Con regidores ebrios que siguen cobrando casi 200 mil pesos sin ruborizarse y sin ser de utilidad a los ciudadanos.

Por ejemplo, tanto el gobierno del estado como el de Acapulco, a cargo de una alcaldesa postulada por Morena, es la fecha que ninguno transparenta cuánto dinero se han gastado en insumos -si es que los adquirieron y dónde o quién-, para atender la emergencia sanitaria.

Estos gobiernos ha tomado como pretexto la emergencia sanitaria del Covid para justificar la opacidad en el manejo de los dineros públicos. Reportan en bruto cantidades “invertidas” en una supuesta adquisición de insumos, o campañas de apoyo alimentario, despensas y otras cosas, sin la más mínima transparencia y rendición de cuentas. Sumado al uso propagandístico de estos apoyos, pues no pierden oportunidad de tomarse fotos repartiendo desde despensas, hasta un plato de comida, o aparentes cheques por apoyo a trabajo comunitario.

En resumen, son las mismas conductas retorcidas de siempre en el manejo discrecional, opaco y patrimonialista del presupuesto público. Por esto y no por falta de dinero es que los presupuestos públicos en Guerrero nunca alcanzan, pues la mayor parte se va por el caño de la corrupción, de las compras con sobreprecio, de las compras sin licitaciones transparentes, de la compras que se entregan a amigos y familiares, de la obra pública con el diez por ciento.

Se cree que de todo esto ya sabe López Obrador, o si no, lo intuye, sabe por ejemplo que en medio de todo el ajetreo de la pandemia, transcurren también los vientos del cambio de gobernador en el estado. Un estado que debe estar considerado como problema de seguridad nacional por los enormes volúmenes de droga que se producen y la ingente cantidad de grupos armados escudados como policías comunitarias, casi siempre vinculadas a algún tipo de actividad ilícita.

Este fin de semana, López Obrador estará a un lado de la alcaldesa de Acapulco, Adela Román, una alcaldesa confrontada con sectores sociales a los que se ha afectado por medidas aplicadas sin consideración. Con la ley en la mano, se justifican acciones de desalojo a personas que tratan de ganarse el pan como pueden, pues la pandemia no les dejó muchas opciones. La ley, lo sabe López Obrador, no es nunca sinónimo de justicia.

Prestadores de servicios turísticos que conforman cientos de familias, fueron desalojados de sus áreas de trabajo en las playas sin darle una opción viable, honesta y humana para ganarse la vida. El desalojo abusivo y agraviante con el pretexto de ordenar las playas, solo genera rencor y resentimiento social, además de que orilla a esas personas y sus familias a ocuparse en otras actividades nada productivas.

Bienvenido pues López Obrador a Acapulco, un puerto que más que un parque remodelado y una cuantas calles pavimentadas en las colonias de la periferia con inversiones que nunca se transparentaron, ni hay un sitio claro, de fácil lectura para que cualquier ciudadano pueda consultar cómo se hicieron las licitaciones, y a quien se les dio las obras, requiere de medidas más de fondo, de mayor alcance humano.

Por ejemplo, el problema histórico del agua potable, al que en reiteradas ocasiones se ha referido el síndico de Acapulco, Javier Solorio, es un pendiente más urgente que las remodelaciones banales de un parque, más urgente que pavimentar calles. El problema de la de agua potable en Acapulco afecta a miles de familias que tienen que vivir recibiendo el vital líquido por pipas o tandeo, lo cual se ha convertido en un lucrativo negocio de políticos.

El asunto del agua en Acapulco no es solo que la gente no tiene agua para consumo humano, está vinculado también a la sustentabilidad ambiental del puerto, las playas que año con año reportan altas cantidades de materia contaminante por los malos drenajes y el deterioro de las plantas tratadoras, de seguir así, y no atenderse este problema que compete a la agenda ambiental 20-30, en los próximos Acapulco será un paraíso podrido con uno de los peores índices de desarrollo humano.

Los temas emergentes de la agenda Acapulco y de Guerrero son más obvios: la corrupción lacerante y ofensiva, la simulación de acciones, la utilización política de los bienes públicos, la opacidad y falta de transparencia, sumado a la siempre constante inseguridad. Entonces, de nada valdrá que López Obrador venga a Acapulco a repetir sus oratoria optimista si no trae consigo medidas claras, acciones que van más allá de pavimentar calles y remodelar parques, si no trae consigo justicia para los guerrerenses, todos hijos de Vicente Guerrero, Morelos, Juan Álvarez, Hermenegildo Galeana, Leonardo y Nicolás Bravo; Ignacio Manuel Altamirano, Valerio Trujano, entre muchos otros héroes de Guerrero que construyeron patria.