Dice Gabriel Zaid que el poeta tabasqueño Carlos Pellicer creyó siempre en una patria perfecta, producto de una transformación social que superara todos los egoísmos. Quizá por eso López Obrador lo tomó como ejemplo y modelo porque dijo que el poeta “era un socialista guadalupano, un socialista cristiano”.

Carlos Pellicer afirmaba: “hasta que muera seguiré luchando por la causa de los campesinos en México, queramos o no, las cosas cambiarán a favor de los desheredados. Y digo esto porque siempre he creído que sin el sentimiento de la esperanza, fundado en la justicia y en la belleza, la vida no tiene sentido”.

En una época en que las ideas progresistas estaban vetadas en México, Carlos Pellicer fue un necio. Fue a la cárcel dos veces por activismo político; se mantuvo inamovible en su compromiso social más allá de la poesía: siempre solidario con las luchas de los pueblos latinoamericanos. Siendo senador priista, fue un renegado, un atípico. Creyó en un priismo socialista, creía en la austeridad franciscana como práctica de vida, en la conciencia histórica del pasado ancestral y, como el cura Morelos, buscó moderar tanto la opulencia como la indigencia, por eso se asumió como el senador de los indígenas chontales en un tiempo en que hacer esto no era “políticamente correcto”. “Pienso que estaré en mejor posición para luchar por la causa de los campesinos”, aseguró.

Poeta de convicciones sociales, afirmó que aunque no fuera senador, de todas maneras, como poeta, actuaría políticamente y argumentaba: “muchos poetas han sido políticos. Muchos desde Homero y los profetas bíblicos, que además de profetas eran grandes poetas, hasta Víctor Hugo en Francia, Enrique Heine en Alemania y en América la lista es larga: desde Chocano, Rubén Darío y Martí, hasta Pablo Neruda”.

Becerra y Pellicer Becerra y Pellicer

Guardando las distancias, no es difícil ver en la figura de López Obrador, la sombra del llamado Poeta de América. Cierto o no, Pellicer es el primer modelo social y político del que López Obrador aprende las cosas de la política como él mismo confiesa en una entrevista con el reportero Roberto Ponce: “Mi relación con él fue muy estrecha y definitoria, porque conocí al maestro Pellicer en una etapa formativa muy importante para mi vida. Estaba yo estudiando en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM cuando tuve la dicha enorme de conocerlo. Fue una relación espléndida, creo que tuvo mucho que ver con mi formación profesional y política. Yo terminé la carrera y como pasante en la universidad lo acompañé en su campaña como candidato a senador de Tabasco.”

A partir de este hecho relatado, es posible descubrir algunos paralelismos necesarios para comprender que uno de los referentes de la cuarta transformación podría provenir del franciscanismo poético y político del poeta de Horas de Junio: “el sentimiento de la esperanza, fundado en la justicia”, y no de todas esas teorías conspirativas a las que recurren ociosamente los detractores del político tabasqueño.

Así, mientras Pellicer reivindica y reincorpora a la lírica mexicana mitos, símbolos y motivos del arte precolombino, tanto plástico como literario, demostrando también una creciente conciencia histórica del pasado ancestral en la búsqueda de la identidad propia ­ —como bien menciona Jason Lee Pettigrew—, Obrador construye su ideario y cimenta la Cuarta transformación (su obra) en los hitos de la historia contemporánea de México: la Independencia, la Reforma y la Revolución, de cada uno de esos movimientos extrae modelos que extrapola a su propia construcción política. Busca una identidad propia. De la Independencia recupera dos aspectos opuestos: los Sentimientos de la Nación, del cura Morelos, y la figura de Santa Ana como el significante de la corrupción. De la Reforma toma la figura moral de Juárez y sus ministros, de la Revolución reivindica a Madero y José María Pino Suárez, también tabasqueño, Carranza y Lázaro Cárdenas.

“Dijimos que se habían llevado a cabo en la historia de nuestro país tres transformaciones: la Independencia, la Reforma, la Revolución, y que nosotros íbamos a llevar a cabo la Cuarta transformación de la vida pública de México“, ha dicho López Obrador.

Pero los paralelismos no se agotan sólo en la traspolación de los recursos de la Historia y sus personajes. Ambos, Obrador y Pellicer comparten además el mismo análisis de la situación social del país, otra vez, salvando las distancias. Interrogado por el reportero Elías Chávez, en 1976, sobre los factores que han impedido el auténtico progreso de México, el poeta de Práctica de vuelo responde: “La falta de una verdadera educación cívica, y el desencanto en que han caído las masas por causa de la corrupción”.

Y por si faltara más, el poeta afirma: “El momento histórico es de combate. Estamos acercándonos a una gran transición en la historia humana, para que las mayorías dejen de ser víctimas de la explotación. Nunca he creído que se llegue a la perfección, pero siempre he pensado que las cosas no solamente deben, sino que pueden cambiar hondamente para que unos cuantos no sigan viviendo en jardines suspendidos, mientras casi todos viven en el sótano”.

Pellicer no fue exactamente maestro de López Obrador, como han afirmado algunos. Obrador era un joven con expectativas políticas, no poéticas; más bien, fue uno de sus modelos de conducta social y política, y cómo no serlo, si es uno de los pilares de la tradición poética mexicana, como también lo es otro tabasqueño: José Carlos Becerra; “hijo, alumno y transgresor” de la herencia de Pellicer como lo definió el también poeta Hugo Gutiérrez Vega. A partir de Becerra, la poesía mexicana marcó un antes y un después.

Al igual que Pellicer, Becerra fue un poeta fiel a su momento histórico. Tras la represión del movimiento ferrocarrilero encabezado por Demetrio Vallejo, en marzo de 1959, Becerra escribió el poema social: "Vamos a hacer azúcar con vidrios", texto que rescató el poeta cardenense: Marco Antonio Acosta, en la antología “Poetas tabasqueños contemporáneos”.

El autor de “El otoño recorre las islas”, fue uno de los primeros poetas que protestaron contra la matanza de Tlatelolco, su poema "El espejo de piedra" refiere ese hecho. Vale la pena recordar que el día en que la policía detuvo a Pellicer por repartir una carta contra el embajador de Estados Unidos, Fulton Freeman, quien acompañaba al sedicente poeta era su paisano José Carlos Becerra.

Ciertamente, la influencia de una parte importante del sustrato social y político de López Obrador proviene de Carlos Pellicer, pero no es un hecho deliberado sino circunstancial. Obrador se acerca a Pellicer en el momento en que están en ebullición los movimientos sociales y la represión más recalcitrante en México, son los años de la “guerra sucia”, de los “halconazos”, es cuando la palabra “lucha” cobra su mayor sentido; es el momento en que muchos deben asumir de qué parte de la historia quieren estar, si del lado del Estado represor, o de los campesinos, indígenas y obreros. De allí que tanto Pellicer como Becerra participen con sendos poemas en esta lucha: “Discurso a Cananea”, y “Vamos hacer azúcar con vidrios”, respectivamente, ambos poemas laten aún con la misma intensidad como en el instante en que fueron creados, son ejemplo de poemas bien hechos, de rebeldía e indignación:

“Vamos a hacer azúcar con vidrios

cuando los ricos se quejen de lo malo que están los negocios.

Vamos a hacer azúcar con vidrios…”

…“Vamos a patear a todos los gordos prósperos del mundo”, exclama Becerra.

Por su parte Pellicer escribe:

“…para decir, de pueblo en pueblo,

que ya no hay tuberculosis producida por hambre

ni banquete de bodas de ciento diez mil pesos;

que ya no hay grandes puercos

que hocean entre la sangre y la traición.

…(¡sean, pues, más bandidos pero menos ridículos!)”.

Así pues, desde este umbral cultural, desde ese humus civilizatorio del que abrevó López Obrador en su juventud, va a construir una personalidad política sui géneris y un movimiento democratizador basado en un socialismo cristianizante: guadalupano y protestante que remodela las gastadas formas de la política tradicional.

López Obrador es un político que recurre a la posibilidad creadora de las palabras para instaurar una nueva realidad. Agrega al monolítico repertorio político la vitalidad de un nuevo lenguaje donde aún resuena como un eco el consejo de Pellicer: “Hay que luchar por la justicia. En la lucha los hombres se hacen buenos, independientemente de que sean jóvenes o viejos. Cuando hay una convicción absoluta de que uno nació para pelear, pues se muere uno peleando, aunque sea con los médicos”.

No hay sociedad feliz sin la esperanza, pero la esperanza, ha dicho Pellicer, debe estar fundada en la justicia; ese es el legado que López Obrador recibe, por eso uno de los principales objetivos de la Cuarta transformación es lograr un Estado de bienestar, un Estado de felicidad, pero basado en la justicia, en acotar la opulencia y la indigencia, en  buscar los equilibrios para que no haya millones de desgraciados y unos cuantos miles extremadamente felices.

Podemos estar de acuerdo en que no todo López Obrador es Pellicer, pero lo que sí es indudable es que su espíritu abrevó de los vasos siempre generosos de la poesía del vate tabasqueño, origen y razón de esa palabra para decir de pueblo en pueblo; palabras como un banderín de pájaros poblados que de Tabasco tengo.

Discurso a Cananea

Carlos Pellicer

No he de hablar de la sangre

ni de su prodigioso contenido;

ni del puño cerrado que gobierna

del lado izquierdo el regadío exacto

para que todo el cuerpo se alimente

sin que órganos o músculos carezcan

de cuanto equilibrando necesitan.

No he de hablar de la sangre,

viajera silenciosa,

el invisible y entubado pez,

vivo millón de gotas líquidamente augusto,

disciplinado al ritmo aparatoso

de un pequeño universo,

origen de razón y poesía.

La sangre,

la de los vasos siempre generosos,

la energía circulante a cada instante,

la que hereda zafiros, lodazales,

crepúsculos llorados en recuero

de amanecidos truenos militares.

No he de hablar de la sangre,

la aurora injustamente derramada

como el vino que espera al invitado

que va a llegar, pero que no ha llegado

porque un tzentzontle ha muerto en su ventana

cuando él iba a salir…

 

No he de hablar de la sangre

con que el niño al nacer mancha

su acto de nacimiento.

La sangre oculta en la mirada

del hombre socavón que circula en la mina,

la sangre que suda todos sus minerales.

La sangre oculta en la mirada

del hombre derrotado

en el salón de vidrio de la “justicia” humana.

La sangre oculta en la mirada

del minero dilapidado como riqueza anónima,

razonado por la avaricia

glóbulo empobrecido

en la arterioesclerosis de la mina.

La sangre oculta en la mirada

del que después de la protesta inútil

—los niños, la mujer, la calandria y el perro—

regresa al tiro envuelto en sombras miserables,

en trombas minerales,

en laringe de gases

y entre gallos de amanecer

así arrastrados como perros muertos

al rico basurero de la mina.

Dentro del gran oído de la mina

se escucha el rito de los hombres

que necesitan ocio y poesía;

hombres fragmentos de escombros,

hombres mendrugos

debajo de la mesa de capital jauría.

Canana, Cananea,

de tus tiros partieron

los primeros alientos de una aurora

que no ha dado la luz que necesito

para decir, de pueblo en pueblo,

que ya no hay tuberculosis producida por hambre

ni banquete de bodas de ciento diez mil pesos;

que ya no hay grandes puercos

que hocean entre la sangre y la traición

—¿verdad, Señor y Dios mío Jesucristo?—

que así Pérez Jiménez y Trujillo y Somoza y Batista

y Rojas Pinilla y Castillo Armas

—el inefable “azul” de Guatemala—

(¡sean, pues, más bandidos pero menos ridículos!)

me impiden con su estiércol caminar por mi América.

Canana Cananea, ¿imaginas el día

en que venga a decirte a tu oído de cobre,

que no habrá más reuniones con visos de naufragio

en Panamá, donde el primer Roosevelt

cometió el panamá

que dejó sin su brazo glorioso a Colombia?

¿Allá, donde Bolívar llora más aún que en Caracas?

Tu sangre y tu protesta son el árbol que aguarda

su banderín de pájaros,

rodeados girasoles de salud y belleza

poblados de palabras que convengan al hombre.

Canana Cananea,

tu nombre suena a arenas movidas por el agua

en que se baña el día surgido de tu pecho,

joven como el tumulto que agrupa tu escultura

apretada de brazos con que abrazas a México.

Sobre muros que duelen pintó Diego Rivera

la entrada y salida de la mina.

Chorrean dolor y rabia y vergüenza. Yo vi

pintarlos, cuando el día brotaba de mis manos

y entre huracanes de águilas rompí mi corazón.

Para encumbrar luceros tengo la voz a ti.

Tus noches minerales acarrean relámpagos

que abren en un fulgor las tormentas del mundo.

Llevo la cuenta de túneles de avaricia y cansancio

y en el rayo de sol que de Tabasco tengo,

he de contar un día, cuando vuelva a Tabasco,

lo que pesa el diamante que arrancaste al subsuelo:

huelga de Cananea,

¡alborea! ¡alborea! ¡alborea! ¡alborea!

Del libro: Cuerdas, percusión y aliento.