Por Carlos Álvarez AC*

Año con año lo más “selecto” de la sociedad mexicana se da cita en el Abierto Mexicano de Tenis que se celebra en Acapulco, Guerrero. Este no fue la excepción. Grandes camionetas, autos deportivos, y muchos guaruras se dieron cita en las afueras del estadio MexTenis, que se ubica en la exclusiva Avenida de Las Palmas.

Justo a la entrada del recinto en donde se celebró el evento deportivo, me acerqué a un alto funcionario estatal y lo saludé. Con aliento alcohólico el personaje en cuestión me dijo que yo “me he portado muy grosero en las redes sociales con el gobernador”. Acaso el personaje no sabía que tengo más vida que la de Twitter o Facebook.

Me pregunté entonces a mí mismo, en un ejercicio sincero de auto reflexión personal, por qué debería ser condescendiente y suavizar mi discurso en contra de todo lo malo que sucede en Guerrero, y por supuesto, en el resto del país. ¿Por qué maquillar como lo hacen los políticos y los funcionarios, la fea, violenta y caótica realidad en la que vivimos?

Ese fue un momento justo para pensar y cuestionarme si así quería vivir el resto de mi vida, sumiso ante el poder, inclinando la cabeza ante los que con un pequeño cargo público se marean y se comportan de forma autoritaria. Decidí que no.

Entonces llegué también a una conclusión que no me era nueva, pero que allí, en ese mundo lleno de glamour y ostentación, percibí de forma más clara: que los ricos y poderosos viven en una burbuja que de tanto inflarse corre el riesgo de romperse.

Allí donde ellos nos venden estabilidad con “orden y paz”, allí hay un espacio para la revolución, para implementar cambios verdaderos que rompan con la inercia de la voracidad y la rapacidad con la que estos personajes se conducen e intentan engañar a una sociedad que a unos cuantos kilómetros de distancia viven una realidad diaria distinta.

Pero ellos, los ricos y poderosos, no viven este miedo. No lo hacen porque están protegidos por una muralla militar y policial que los aparta de la violencia cotidiana, esa que destruye a familias enteras, esa que paraliza a los sectores sociales que no gozan de los privilegios de tener guaruras que los resguarden del azote de los grupos criminales.

En la burbuja del Abierto Mexicano de Tenis convivieron el gobernador y los secretarios de turismo y desarrollo social federal. No importa que cerca de ese recinto hayan raptado, encajuelado y disparado a una pareja de turistas que se transportaban en un automóvil de lujo sobre el Boulevard de las Naciones. El mandatario estatal sonreía.

No importa que por sexto año consecutivo los tour operadores hayan cancelado cualquier visita de los springbreakers al puerto de Acapulco. El secretario del ramo sonreía. No importa que Acapulco sea la ciudad número uno con pobreza urbana del país. El titular de la Sedesol sonreía complacido.

Qué importa, si ellos se encontraban bien resguardados al interior del complejo deportivo de los Burillo Azcárraga, esos que se hicieron ricos bajo el amparo del poder, con concesiones que el Estado mexicano les cedió casi regaladas. No importa si estos empresarios chantajistas están amagando con llevarse el Abierto de tenis a Los Cabos, Baja California.

Eso no importa, los tres amigos sonríen sin cesar, como si nada pasara. Total, este era un momento para disfrutar y relajarse. Así como lo hacían el directivo de Televisa, José Bastón, con su mujer, la actriz de Hollywood, Eva Longoria.

Mucho bluff, mucha pose, mucha simulación. Así es el poder. En él pueden convivir, en el mismo espacio y compartiendo el mismo aire, el ex comisionado federal en Michoacán y ex procurador del Consumidor, Alfredo Castillo, con el empresario que pidió la renuncia del gabinete del ex presidente Calderón si estos no podían con el paquete: Fernando Martí.

En este mundo irreal las cosas son de ensueño. Aquí no hay muertos, ni secuestrados, ni extorsionados. Aquí las calles están iluminadas y los servicios públicos funcional al 100. Nada que ver con lo que pasa en el Acapulco que está a unas calles de la Costera. En el Abierto Mexicano de Tenis se congrega la crema y nata, la casta de mirreyes de este país a punto de explotar. Los indolentes.

Que sufran los pobres, esos de allá, de la periferia. Aquí no pasa nada. Ni lo que decía el título de esa novela de 1979, transmitida por Televisa y protagonizada por Verónica Castro junto a Rogelio Guerra: “Los ricos también lloran”.

Aquí los ricos no derraman lágrimas que no sean las de cocodrilo. No en este Acapulco al que llaman “el nuevo Miami”, con condominios que valen al menos un millón de dólares. Aquí no se adolece de nada… aquí nada duele.

*Twitter: @CarlosAlvarezAC Facebook: GuruPolitico