“Para mí, escribir no es una cuestión de libre albedrío, es un acto de supervivencia”.
Paul Auster

México.- Iniciamos, por casualidad y soledad, una conversación vía webcam, CDMX-Tijuana, de cantina a cantina, como los personajes rotos de un anime, una tarde triste para ambos.

A Luis Humberto no le interesa la política. Nació en Tijuana, la coqueta, donde empieza la patria. Esa ciudad peculiar que puede darte o quitarte todo. Convulsa, exótica, propia y extranjera.

Ahí se desarrollan la mayoría de sus cuentos e historias. Su ciudad natal como su maestra e inspiración.

Sus personajes, contrario a lo que podría pensarse, viven en la cotidianidad de la escuela o el trabajo, se enamoran, festejan los quince años de la hija, los vecinos se reúnen en las tardes a charlar, cenan y apagan luces.

Es un mundo ordinario, inmerso en la fantasía de otros ojos que la miran desde lejos. Excesos, balazos y una vida nocturna sin control, es lo que todos quieren ver. Pero no, Crosthwaite pone a sus ciudadanos en el contexto más habitual y humano posible, dentro de lo que puede caber en la frontera más transitada del mundo.

En una entrevista con el diario El Universal, Crosthwaite comentó: “No sólo mi obra gira alrededor de Tijuana, yo mismo lo hago. Donde quiera que vaya llevo a mi Tijuanita querida, no la puedo dejar ni quiero hacerlo”.

Luis Humberto fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (1990), Premio de testimonio Chihuahua (1992), Premio Nacional de Cuento Décimo Aniversario del Centro Toluqueño de escritores (1994) y miembro del Sistema Nacional de Creadores en México (2001-2004, 2011-2013).

En el año 2000 hizo la adaptación para cómic de la novela policiaca de Rafael Bernal, El complot mongol, publicada por el Fondo de Cultura Económica en el 2017. También hizo, en un tiempo, adaptaciones de obras de teatro clásico para grupos teatrales de su ciudad.

Dirigió el proyecto editorial independiente Yoremito, que promovía a autores del norte y noroeste del país.

Crosthwaite, se me olvidan las historias

Crosthwaite, se me olvidan las historias

Entre 2002 y 2010 se desempeñó como columnista del diario estadounidense San Diego Union-Tribune. También fue profesor invitado del Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Iowa, Estados Unidos.

Nos conocimos en San Luis Río Colorado el 23 de marzo de 1994, el día que asesinaron a Luis Donaldo Colosio en Tijuana, precisamente. Corrían las I Jornadas Binacionales de Literatura en esa otra ciudad fronteriza, organizadas por Rubén Meneses y promocionadas y apoyadas por Abigael Bohórquez.

Las actividades se suspendieron temporalmente como muestra de luto y algunos escritores decidimos tomarnos unas cervezas en el estacionamiento de la Universidad cede, UES (entonces CESUES), desconcertados y tristes, con algunas bolsas de hielo sembradas en el arenal del desierto de Sonora: Francisco Morales, Roberto Castillo Udiarte, Luis Humberto, entre otros, nos presentamos y nos amigamos. Ese suceso nos marcó a muchos y representó un parteaguas en el sistema político mexicano.

Monólogo en el vacío

“Mis días son una larga espera. ¿Qué espero? Que se acabe el día para que comience el otro. La continuidad de los ciclos”, dice Luis Humberto cuando intento curiosear en la rutina de sus días.

También dice que ya no escribe, pero yo no le creo. Conversa con el árbol que está en el patio de su casa.

“Es un roble que mi madre y yo plantamos hará unos treinta y cinco años. Estoy convencido de que me escucha, aunque lo más probable es que no. Es un excelente pretexto que he inventado para mantener un monólogo en el vacío”.

Ahora vive en la casa familiar, en Tijuana, a sus 58 años. Es como un renacer, una vuelta al mundo, el regreso al punto de origen.

Crosthwaite está incluido en la Antología de la narrativa mexicana del siglo XX, de Christopher Domínguez Michael; en Las horas y las hordas, antología del cuento latinoamericano del siglo XXI, de Julio Ortega; Minificción mexicanaRelatos mexicanos postmodernosCuentos vertiginosos, de Lauro Zavala y en la Antología de la novela mexicana del siglo XX, de José Agustín.

Escucharlo leer su obra es un deleite, tiene esa musicalidad de la poesía que conmueve, pero también divierte, como un actor en el escenario, como un verdadero cuentacuentos, pero sin ese propósito. Es un decidor, ocurrente, improvisador natural, siempre sonriente, como si fuera, verdaderamente, feliz.

“El olvido también es una realidad”, le dijo a alguien, no sé a quién, hace tiempo y lo leí en alguna página web. Le recuerdo la frase y no la reconoce como suya (o eso entiendo):

“Para mí es mucho más una realidad que para otra gente. Vivo olvidando, asombrado de que el olvido no sea recíproco”. A mí me asombra la poesía en palabras tan sencillas y profundas, en una conversación tan simple, de ciudad a ciudad, de cantina a cantina.

Luis Humberto Crosthwaite ya no escribe

Luis Humberto Crosthwaite ya no escribe

Ha publicado más de una decena de libros, entre ellos: Estrella de la calle sexta (Tusquets Editores, incluye: El gran preténder, 2000); Instrucciones para cruzar la frontera (Joaquín Mortiz, 2002, (edición ampliada) Tusquets Editores, 2011); Idos de la mente - la increíble y (a veces) triste historia de Ramón y Cornelio (Joaquín Mortiz, 2001), edición ampliada, Tusquets Editores, 2010; Aparta de mí este cáliz (Tusquets Editores, 2009).

Subsiste dando talleres de narrativa en el Centro Cultural Tijuana. Esa palabra emplea: “subsistir”. Luis es un alborotador de masas y de los pensamientos de éstas, un alma triste con hijas que sonríe y por supuesto, uno de los mejores escritores jóvenes del país. Subsistir es una exageración en su caso. Dice que ya no escribe, pero yo no le creo.

“Se me olvidan las historias”

El olvido, la memoria, son tópicos o palabras que maneja o a las que recurre constantemente durante la conversación. No recordar lo leído, bueno, nos pasa, pero no recordar lo escrito o desconocerlo, eso sí que es peculiar.

Dice que recuerda a las personas, pero no las asocia con nada que tenga que ver con su vida, anécdotas, cómo las conoció y esas obviedades o conexiones que tienes con los otros.

“Se me olvidan las historias”, dice cuando le pregunto de libros. Así son los genios, estoy segura.

Luego hablamos de dios, ese señor gigante que vive en las nubes y todo lo ve. “No creo en dioses ni fantasmas. No soy supersticioso ni tengo creencias ancestrales”.

No, Luis cree en el poder de la imaginación y en la necesidad que a veces tenemos de llenar el vacío con alguna fantasía.

Las religiones, dice, no son más que fantasías colectivas que el ser humano ha inventado para no sentirse desamparado. Porque es el deseo y las ideas lo que nos hace frágiles y necesitados de algo más fuerte que nosotros y entonces “creemos”. Ni los leones ni las hormigas tienen dioses, sólo existen y cumplen funciones en pro de su especie.

“Me sorprende haber llegado a la edad que tengo hoy. No veo en el futuro más que sorpresa. Para que la sorpresa sea real, lo mejor es no hacer planes, sino recibir las cosas como van sucediendo”.

Sí, le digo, a mí también me sorprende la edad que tengo. Vuelve a decirme que ya no escribe y no, no le creo. Nos despedimos, cada uno desde su ciudad, ahora nocturna, cada uno desde su cantina, ahora vacía. Colgamos. Cerramos sesión.