Conocí Acapulco cuando tenía nueve años. En un libro de texto gratuito, editado por la SEP, descubrí a esa ciudad porteña, bullanguera y mercenaria.

La Madre Patria, presente en la portada, me invitó a entrar al conocimiento y le obedecí. José Vasconcelos, el hacedor de ese milagro, despertó mi curiosidad.

En una tarde fría y envuelta por la niebla decidí no regresar a casa y dejar atrás, durante algunos meses, a mi entrañable Huayacocotla.

Tuve que utilizar el dinero del pastel que prepararía mi madrastra.

La ausencia del padre era recurrente y difícil.

La familia abrió un restaurante en la orilla de la avenida Revolución, aún no asfaltada, y ahí asistían empleados del gobierno, militares y los choferes de la única línea de autobuses de la localidad, con sede en la ciudad de México.

La orfandad y el desamor siempre me hicieron resistente.

No entraré en detalles, pero debo confesarles que el día que arribé a la ciudad de Acapulco los aguaceros habían inundado sus calles y avenidas.

El sol estuvo ausente.

Una imagen cotidiana y los acapulqueños de antaño no me dejarán mentir:

Turistas y lugareños tenían que darle propina a los niños desarrapados para lograr pasar de banqueta a banqueta y hacer sus compras en el Mercado Central.

Un ejército de infantes en playera, short y sandalias se adueñó de un tramo de la avenida Cuauhtémoc, aledaña al cine Río, entre las calles Manuel Acuña y Vallarta. Su gran negocio era colocar rocas, ladrillos y madera para sortear las turbulentas aguas grises.

La gente sólo así lograba su propósito de allegarse de alimentos frescos o curiosear.

Esto siempre ocurría en el Acapulco Tradicional, no en el Dorado o Diamante.

Los rechazados del mundo, como los porteños, luchaban para no morir en esas playas de ensueño.

Ocho horas antes había abordado el autobús en la avenida San Antonio Abad de la ciudad de México. Aun no existía la autopista del Sol.

Imagínense a un niño de nueve años en esa aventura.

1964 era un año de luto para el país, pero en Acapulco, como en otros destinos turísticos, sobraban las lágrimas y los lamentos. Había una revuelta serrana, no muy lejos, encabezada por maestros ruralistas y estudiantes universitarios.

Un matrimonio de edad otoñal iba en los asientos contiguos y al hombre lo escuché murmurar que en un par de minutos se vislumbraría la bahía. Tuve que ponerme de pie y prepararme para ese avistamiento.

786_001No estaba equivocado, ante mis ojos de niño pude descubrir un trozo de mar perlado, sin brillo, ceñido de construcciones y lastimado por el atardecer y la lluvia.

En fin, amigos lectores, en esas fechas aún no podía predecir que en el Mercado Central conocería a un gran chef del Armando’s Le Club, sabio y generoso, y diez años después a don Pedro Huerta Castillo, propietario y director general del periódico Revolución de Acapulco.

–¿Dónde está la playa? –le pregunté a un chamaco de mi edad, en sandalias de pico de gallo y short, que le ofrecía sus servicios de cargador a los recién llegados.

–Por allá –dijo Servando y extendió su brazo flaco y moreno a un punto indefinido.

–Es todo el dinero que tengo… Es tuyo –dije y le enseñé un montón de billetes y monedas.

Veinte minutos después, en el Acapulco Tradicional, mis pies tocaron la parda arena y el lengueteo espumoso del oleaje.

El Acapulco Tradicional regalaba amor sin exigir paga.

El dinero sobrante del frustrado pastel lo rematamos en refrescos, un par de aretes de falso oro para la madre de Servando y medio kilo de camarones hervidos.

Por la noche, al enterarse doña Graciela Torres de mi reciente orfandad, fui recibido en su humilde vivienda de la colonia El Mirador.

Jamás he olvidado la generosidad de esa mujer y sus seis hijos, menores que Servando.

Su marido fue asesinado en Atoyac por andar de guerrillero y nunca la escuché quejarse o desatendernos.

En los cuatro meses que permanecí en Acapulco, gracias a doña Graciela, aprendí a servir al prójimo e indignarme ante la injusticia.

Olvidé precisar: José Vasconcelos fue el primer Secretario de Educación Pública de 1921 a 1924…