“No es buena señal cuando una telenovela en español supera las transmisiones de habla inglesa” fue lo que publicó la revista The Hollywood Reporter en el 2011, tras el estreno de “La reina del Sur”, protagonizada por la polémica Kate del Castillo y basada en la novela del escritor español Arturo Pérez-Reverte.

Desde entonces, se han suscitado casos similares con las teleseries “El señor de los cielos” y “El Chema”. El apetito voraz de las audiencias por este tipo de contenidos ha provocado tantos cambios que ahora vemos producciones enteramente norteamericanas sobre la famosa reina en “Queen ofthe South”, donde una frágil Alice Braga protagoniza uno de los primeros crossovers de narcos con Aurelio Casillas, personaje de Rafael Amaya en “El señor de los cielos” de la cadena hispana Telemundo.

Cada quien adapta las historias de vida según su idiosincrasia y presupuesto, en EU producen series y en América Latina telenovelas, pero es un hecho, el fenómeno del narcotráfico goza de una intertextualidad envidiable y el idioma que domina es un inglés salpicado de someros latinajos.

Para dejar el punto en claro, Netflix es la plataforma de streaming más popular del mundo y “Narcos” es la reina indiscutible (Parrots Analitycs, octubre 2017),  por lo tanto, podemos decir que la vida de los capos colombianos Pablo Escobar y los hermanos Rodríguez Orejuela domina el mundo de los contenidos audiovisuales, seguidos no de muy lejos por la excepcional transformación de Walter White  de “BreakingBad” y  la letal precursora “Rosario Tijeras”, creación del escritor Jorge Franco, novela con la cual ganó el prestigioso premio Hammett en el año 2000.

Las buenas costumbres Las buenas costumbres

El documental, en su infinita sabiduría, también ha indagado en el fenómeno del narcotráfico a través de varias piezas destacadas, uno que llamó mi atención recientemente fue el trabajo de Clandestino sobre el cártel de Sinaloa, que presentó en primetime por Discovery Channel, en tres palpitantes episodios en los que se respira una tensión digna del más negro cine.

Sin embargo, hay tres documentales notables que merecen líneas adicionales: uno de ellos es “Narco cultura” (2014), del fotoreportero israelita Shaul Schwarz, quien trabajó durante tres años en una investigación sobre cómo el narcotráfico ha permeado lenta y profundamente en la franja fronteriza entre México y Estados Unidos, transformando las costumbres de sus pobladores, los hábitos de consumo, la estética y la moda, las creencias religiosas y de culto y la percepción social sobre la violencia inherente a la droga y sus señores; para tales efectos se sirve de una paradoja y sigue, por un lado, a una figura casi trágica, atrapada en el medio de la violencia y sin capacidad de escape, al perito criminólogo Richi Soto que levanta cadáveres por cientos y por miles los casquillos de armas largas en las calles de Ciudad  Juárez, y por el otro, a Édgar Quintero, un chicano compositor de narcocorridos afincado en Los Ángeles que con aire festivo “recrea” la violencia al aparecer en el escenario con lanzagranadas al hombro mientras entona sus pegajosas rolas, a quien sus actividades empresariales le han dotado de un aire de legitimidad y sapiencia sobre el tema narco, aún sin conocer siquiera Sinaloa, violento lugar que inspiró el nombre de su banda, “Los bukanas de Culiacán”.

Sin lugar a dudas se trata un documental imprescindible, contrastante, de resultados asombrosos y visualmente muy potente.

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El más conocido de los tres estuvo nominado al premio Óscar en la categoría de mejor documental largo, se trata de “Tierra de cárteles” (Cartel land, 2015),  una muy honesta y profunda investigación periodística de Matthew Heineman quien da voz y pone en contexto a los líderes de los grupos de autodefensa de Michoacán y Arizona; el paralelismo comienza con la injusticia, con la indefensión de los ciudadanos comunes y corrientes, el eje rector es la relación insuficiente de sus respectivos gobiernos, a veces por omisión y otras por ausencia, la escandalosa corrupción y el fracaso en encarar la violencia emanada del crimen organizado; a pesar de los 2 mil 300 kilómetros que los separan, a veces pareciera un juego de espejos donde los argumentos y motivaciones de unos pasan a ser los del otro, motivándolos a tomar la justicia por propia mano.

Sin embargo, hay notables diferencias, mientras en México la violencia es palpable y con estadísticas de horror y queda claro que el enemigo es el crimen organizado, en Estados Unidos pasaron de perseguir migrantes a combatir narcotraficantes que invadían sus terrenos,  más como un patriotismo con tintes xenofóbicos. La analogía del bien y el mal corre por toda la cinta, dejando claro la delgada línea que los separa y que la posibilidad de convertirse en aquello que se combate, es palpable. Es una cinta de gran belleza visual y conclusiones inquietantes.

Tal vez el menos conocido en México, por razones de censura, es el documental “El sicario, room 164” (2010),  resultado de cinco días de entrevista del escritor y periodista Charles Bowden a un sicario mexicano obligado a hacer maletas tras dos días al hilo en el mismo sitio, en un intento por escapar del cártel de Juárez que lo persigue tras su deserción.

Usando una jerga de arquitectura eufemística pero con  toque empresarial, el encapuchado, cuya cabeza dice tener un precio de 250 mil dólares, se confiesa ex comandante de la policía al servicio del cártel y detalla minuciosamente los métodos de reclutamiento del crimen organizado en los centros de formación de los cuerpos policiacos,

El documental abunda en macarrónicos detalles sobre las formas de tortura usados por el sicariato mexicano y muestra organigramas con las estructuras de la mafia y las instituciones corrompidas, todo relatado con una voz curtida en los 20 años de terror que terminaron por quebrarlo. Las conversaciones fueron registradas por el cineasta italiano Gianfranco Rosi, al interior de la habitación de un motel ubicado en algún lugar de la frontera norte de México; la cinta es a partes iguales controversial y conmovedora.

No quiero dejar de mencionar un documental de modesta factura que encontré en Youtube alrededor de 2010, pionero en su tipo y titulado “Confesiones de un sicario”, cuyo protagonista, Drago, da testimonio de cómo había sido utilizado por las agencias mexicanas de investigación contra el crimen organizado y tras años de encierro en casas de seguridad e interrogatorios exhaustivos, de los cuales, dice, obtuvieron información que reportó varias detenciones relevantes, le fue retirada la protección del Estado, quedando a merced del cártel.

Máscaras, armas largas, motocicletas, peligro, corrupción y muerte conforman los elementos más definidos del sórdido encanto arquitectónico del mundo narco.