Por: Damaris Disner


Hay voces en silencio. Las mujeres alejadas de la sociedad. Las que tienen por residencia paredes frías y barrotes herméticos como puertas, raras veces abiertas.

Mujeres que habitan edificios enclaustrados dejándose habitar por todos sus fantasmas, de golpe, donde no pueden gozar de momentos de soledad porque siempre son observadas (carceleras, familiares, sociedad, su propia conciencia).

De quienes, los que estamos afuera, pocas veces nos acordamos sino conocemos alguien ahí dentro. Para fortuna de ellas, y de nosotros, hay una mujer que decidió ver más allá de las apariencias, del escrutinio, para ser un puente de luz para las mujeres del Cereso Femenil El Amate, ubicado en el municipio de Cintalapa, estado de Chiapas, donde 220 mujeres purgan una condena, en algunas ocasiones injusta.

Jacivi Gómez Tipacamú, joven abogada de apariencia menuda, es quien inició la campaña “Unidas por la sangre”, para reunir y entregar artículos de higiene para las mujeres en la cárcel y también para sus hijos, quienes están con ellas hasta cumplir los cuatro años.

Lo que motivó a iniciar la campaña –explicó Gómez– fue “descubrir y concientizar que ellas también tienen las mismas necesidades físicas que nosotras, con la diferencia que algunas nos encontramos en libertad; sin embargo, ellas al encontrarse privadas de su libertad se tienen que ingeniar para poder solventar esas necesidades básicas como son las toallas sanitarias, para sus periodos menstruales y por escasez económica o de visitas familiares tienen que sustituir estas necesidades por otro material, como pedazos de telas o papel y no precisamente papel higiénico, sólo alguien del mismo género puede entender esas situaciones”.

Pero estas mujeres encerradas entre sus recuerdos y su incierto porvenir también son madres: “Se les ha vuelto común escuchar llantos de bebés y risas de niñas y niños en este cautiverio al que para ingresar se deben pasar por filtros sólo para llegar al patio central, donde se encuentra un auditorio que sirve de escenario para las presentaciones y festejos que se hacen para las internas.

“Aunque el derecho de las y los niños a estar con su madre los primeros años de su vida se cumple, el resto de sus garantías son vulneradas por las condiciones y reglas que existen. Los niños cantan, bailan, acuden a la escuela y se divierten, pero siempre dentro de esta construcción cuya arquitectura es de tipo fría y en donde todas son vigiladas por custodias que en su mayoría son mal encaradas.

“Los pequeños comen pero con limitantes, ya que por seguridad no todos los alimentos se permiten en el reclusorio. Duermen tranquilos porque lo hacen con su mamá, pero las camas están diseñadas para una sola persona. Caminan y corren, pero no por cualquier lugar, pues no todos son aptos o seguros para ellos.

“Considero que la peor sentencia que puede recibir una madre presa es tener que separarse de un hijo, luego de haber permanecido con él casi cuatro años”.

En El Amate existe un aproximado de 10 a 15 niños viviendo con ellas de entre los cero a cuatro años de edad. Hasta diciembre pasado había aproximadamente tres mujeres embarazadas.

En el penal de San Cristóbal de las Casas, hay entre cinco a ocho niños (de una población de 56 presas), y mujeres con dos o tres meses de embarazo. En ese reclusorio las mujeres sufren violencia muchas veces por no contar con un traductor, sumando que son vulneradas por ser indígenas.

En el penal de Tapachula (con una población de 160 internas), considero pertinente que las madres extranjeras deberían ser extraditadas a sus lugares de origen para tener cerca a sus familias y mayores posibilidades de ayuda.

Uno de los casos que más ha conmovido a Jacivi Gómez es el “de una joven de 18 años recién cumplidos. Ingresada por el delito de trata de personas; una historia muy conmovedora, ya que esta joven creció con su madre en la misma prisión hasta las cuatro años, pero al salir ella deseaba que Dios la escuchara para volver a estar con su madre.

“Me contó que sufría mucho por no tenerla sobre todo en la adolescencia; así que decidió retomar el oficio de su mamá y fue detenida por el delito de trata de personas, y hoy se encuentran juntas recluidas y bajo esas condiciones”, contó la abogada.

Advirtió que las internas también tienen necesidades emocionales, sin duda más difíciles de cubrir, para ello es necesario “desde mi perspectiva, concientizar a estas mujeres con talleres de empoderamiento, ofrecerles un abanico de posibilidades para su autoestima, para que una vez que vuelvan a ser reinsertadas a la sociedad tengan una mejor calidad de vida para ellas mismas y las de sus hijos y familias; es urgente profesionalizar y actualizar las terapias emocionales dentro de las cárceles” .

Tal vez el frío del edificio que percibe Jacivi no es en sí la construcción, tal vez se deba a la actitud que tiene la mayoría del personal que labora ahí: “No es nada agradable el trato que dan a las visitas de las internas, sin embargo el personal administrativo nos ha apoyado con mucho para que podamos acceder al área”.

Para la joven litigante, la mayor satisfacción de la campaña es “compartir y crear una red de amigos en esta vida y saber que donar produce una ley divina, la de la siembra y la cosecha, esa es la que practico y me satisface”.

La campaña “Unidas por la sangre” recolecta mediante donaciones artículos de higiene personal como toallas sanitarias, papel de baño, champú, desodorante y pañales para bebés, para entregarlos a las mujeres presas y sus hijas e hijos en cárceles de Chiapas.

Las organizaciones civiles Iniciativas Feministas y Libertad para Crecer son dos asociaciones que apoyan la campaña.