México.- Uno podría pasarse horas observando el hermoso rostro de  Osamu Dazai, tratando de ver lo muerto, la belleza,  el sufrimiento, la hipocresía o el simple mono que él siempre vio en sí mismo.

Se podría admirar su rostro como una simple hoja de papel en blanco, donde todos tenemos la oportunidad de escribir la historia elegida para nuestra vida, como simples moldes que nos llegan de un puente de ropa sucia.

O tal vez, simplemente, contemplar su rostro como algo totalmente extraño a nuestra propia existencia. Un rostro que vivió siempre muerto. Ya no humano.

Pienso que en el rostro enigmático de Osamu Dazai, convergen la idea primigenia de la belleza pero a la par, también está incrustada la idea primigenia del dolor, este rostro dual, como un condenado siamés, no podría existir el uno sin el otro.

Impresión siniestra

Esa fue la tragedia que Shūji-Osamu descubrió desde sus primeros años de vida. Tragedia a la que estuvo condenado cargar durante su corta vida. Cargó con la belleza y dolor, la hipocresía y el sufrimiento, el amor y la traición, la cordura y la locura, la libertad y la adicción. Dualidades padecidas al mismo tiempo y  a un mismo ritmo, en un solo espacio que le asfixiaba, en un país que estaba perdiendo lo más preciado de la tradición japonesa: el honor.

Osamu Dazai

El rostro de Osamu, condensa su desesperación angustiosa de saberse vivo pero andar con unos ojos de “una indescriptible impresión siniestra”, como el mismo Dazai lo describe en su novela “Indigno de ser humano”, escrita, al parecer unos meses antes de su suicidio.

Podría decirse que todavía no he comprendido lo que mantiene vivo al ser humano. Por lo que parece, mi concepto de felicidad está en completo desacuerdo con el del resto de las personas, y la intranquilidad que genera me hace dar vueltas y gemir por las noches en mi cama. Incluso ha llegado a afectarme  la razón. Me pregunto si soy feliz. Desde pequeño me han dicho muchas veces que soy afortunado, pero mis recuerdos son de haber vivido en el infierno. Esos que me tildaron de dichoso, al contrario, parecen haber sido mucho más felices que yo”.

Tres momentos, un mismo rostro

La hermosa apariencia condenada a vivir en el infierno, podría ser la descripción más cercana a la idea que Osamu Dazai tenía de sí mismo, y así lo deja ver en el primer capítulo de “Indigno de ser humano”, donde describe tres momentos de “aquel hombre” que es él mismo a través de tres fotografías en donde no se reconoce ni se acepta.

La primer fotografía corresponde a un niño con un rostro gracioso y sonriente pero con los puños apretados: “nadie puede sonreír con los puños apretados con fuerza”, se recrimina con dureza Dazai, al ver aquel niño al que considera “un mono”, “un chiquillo arrugado, tan repugnante que revolvía el estomago”, pero irónicamente, quienes le miraban, solo veían la sonrisa de aquel niño gracioso.

El rostro de la segunda fotografía es un Dazai adolescente: “un muchacho extraordinariamente apuesto” pero una vez más a Shūji Tsushima, no le engaña la apariencia y arremete desde el fondo, con más fuerza, al verse como un ser no vivo.

Este rostro de muchacho joven apuesto, con sonrisa inteligente, “sin embargo, era distinta a la de un ser humano/le faltaba el peso de la sangre/no producía el efecto de tener sustancia. Era una simple hoja de papel en blanco”.

Dinastía suicida

En la última fotografía, le dice Osamu Dazai a Shūji Tsushima: “es la más horrible de todas”. Esta vez sin sonrisa, ni expresión alguna, con la “impresión lúgubre” de que aquel rostro se estaba muriendo y “no poseía características propias”.

Este último encuentro de Dazai con su rostro que le “resultaba fastidioso, irritante hasta el punto de hacerme apartar la mirada”, fue definitorio para su decisión final.

Nacido  en 1909 y registrado bajo el nombre de Shūji Tsushima en 1933, adoptó el seudónimo de Osamu Dazai. Pertenece a la dinastía de los escritores suicidas japoneses, como lo fueron: Yukio Mishima, que  el 6 de julio de 1970, decidió poner fin a su vida por medio del ritual de harakiyi; Yasunari Kawabata, decidió inhalar gas en su departamento a orillas del mar, el 16 de abril de 1972; Ryunosuke Akutagawa, quien optó por una sobredosis de barbitúricos el 24 de julio de 1927, y Arishima Takeo, quien se ahorcó junto con su amante y editora Akiko Hatano, el 9 de junio de 1923, en un lugar de difícil acceso.

Así, Shūji Tsushima eligió aventarse a las aguas del río Tama, el 13 de junio de 1948, junto con la mujer que en ese momento amaba, y sin poder resolver el conflicto moral-emocional, de no dejar de amar a su esposa para escapar con su amante, como lo describe en el cuento de Osan. Los cuerpos de ambos, atados el uno al otro con una cuerda roja, fueron encontrados seis días después en un recodo del canal, justo cuando Dazai hubiera cumplido treinta y nueve años. Sin conciliar el dolor con la belleza, así vivió y así murió Osamu Dazai, icono de la literatura japonesa de todos los tiempos.