México.- El PAN recién celebró su aniversario número 80, pero el contexto que rodea el festejo está muy lejos de ser el ideal para un partido que se erigió como la cabeza de la oposición en México durante la mayor parte del siglo XX y en el 2000 consiguió la presidencia de manera legítima y abrumadora, acabando así con 71 años consecutivos del gobierno autoritario del PRI.

Este gris aniversario viene acompañado de una severa crisis de credibilidad, de dirigencia y, por supuesto, electoral. El pasado junio perdió ante Morena la gubernatura de dos de sus principales bastiones, Baja California y un año antes la de Puebla. Aun así, actualmente gobierna 12 estados y a casi 13 millones de mexicanos.

Sin embargo, la crisis de credibilidad social va en caída libre. Son muchos los nombres a quienes se les pueden atribuir responsabilidad, por ejemplo, Diego Fernández de Ceballos con su alianza con Carlos Salinas de Gortari y su grosero enriquecimiento logrado a base de tráfico de influencias. Digno de mención es también Antonio Lozano y su conflictiva gestión ante la Procuraduría. Pero son muchos los panistas que encontraron motivos personales y económicos para replicar los métodos corruptos, antidemocráticos y represivos del PRI que antes combatían, al grado de que actualmente es difícil distinguir entre unos y otros.

Con apenas el 22% de los votos, la derrota de Anaya en 2018 es sin duda significativa, pero la forma cómo fue encarado por la sociedad –por actos de corrupción y el apoyo a las reformas estructurales llevadas a cabo por el gobierno de EPN, además de los conocidos moches, compadrazgos, nepotismo y tráfico de influencias al interior del partido y en las Cámaras– fueron los clavos del ataúd electoral y una clara muestra de que siguen sin comprender el trasfondo social y político que actualmente mueve a México.

En efecto, Fox tampoco era el rachero sencillo y accesible que desafiaba al sistema político mexicano y ofrecía un radical cambio político. Ese era el perfil y el discurso que definieron sus asesores de campaña para ganar la elección. Una vez en Los Pinos, Fox convirtió en aliados a quienes antes criticaba y repitió con creces y giros inesperados los vicios y corruptelas que antes censuraba, dando lugar a algunos de los episodios más vergonzosos de la historia política de nuestro país.

La sangrienta guerra contra el narcotráfico, los magros resultados de su gestión, además de la dudosísima victoria electoral del 2012 sitúan a Calderón entre los peores presidentes de México. Lo anterior sumado a su carácter irascible y conflictivo le ha impedido construir alianzas de largo aliento y una estructura política que le permita despuntar más allá de sus redes sociales, repletas de bots.

En lo referente a Marko Cortés, a pesar de haber llegado a la dirigencia nacional del partido con legitimidad, carece de autoridad. No ha logrado imponerse al interior del partido ni consiguió revertir la Ley Bonilla, operada por legisladores panistas.

Y a pesar de todo, son éstos últimos los que se erigen como las cabezas más visibles de la oposición, quienes mantienen un abierto desafío contra el gobierno de AMLO, quienes alzan la voz y pretenden guiar a las huestes para recuperar sus posiciones en el poder.

Por eso es tan revelador que el invitado principal del 80 aniversario del PAN haya sido Fox, ya que evidencia la profunda crisis en la que está hundida no sólo el PAN, sino la oposición.