Ciudad de México.- En un reportaje publicado este lunes, el diario estadounidense The New York Times relata la travesía de dos padres para encontrar a sus hijas desaparecidas en Veracruz.

Carlos Saldaña ha pasado los últimos seis años buscando a su hija Karla, sorteando cada obstáculo para encontrarla con una obsesión que rayaba en la locura por amenazas de los cárteles, la indiferencia del Gobierno y el deterioro de su salud, de acuerdo con el diario.

Al viaje se le unió Vicky Delgadillo, quien tenía también una hija desaparecida, Yunery.

Durante los últimos dos años, la pareja había compartido un hogar y una vida, narra el NYT.

Luego que su último matrimonio se derrumbara, Carlos conoció a Vicky, de 43 años, en un colectivo de familias dedicadas a buscar desaparecidos.

Al igual que él, ella se presentó en cada reunión, cada recaudación de fondos y cada campaña mediática, denunciando al Gobierno por su inacción o ineficiencia.

Ambos tenían un vínculo especialmente inquietante. Sus hijas habían desaparecido con menos de un día de diferencia: habían sido secuestradas, según creían, por el mismo grupo de delincuentes. Para ellos, parecía inevitable que sus hijos fueran enterrados en el mismo lugar.

Karla, hija de Saldaña, desapareció junto a su medio hermano, Jesús, el 28 de noviembre de 2011, luego que ambos salieran a un club. La última vez que se les vio fue dentro de su auto, el cual fue recuperado dos días después en posesión de un policía fuera de servicio.

Desde que se enteró, Carlos había recorrido Veracruz para conocer los detalles de la operación criminal. Un amigo de Karla le habló de un rancho donde se creía que los miembros de un grupo criminal disolvían a sus víctimas en ácido.

La búsqueda en el rancho

El convoy partió a las 6:30 de la mañana en punto, una procesión de camionetas de camuflaje con marines, oficiales de policía y oficiales. Ambos iban en una pequeña camioneta que transportaba a las familias.

Después de innumerables llamadas pidiendo ayuda al Gobierno, cientos de horas persiguiendo clientes potenciales, años de reunir a otras familias y acosar a los funcionarios con un megáfono de dolor, tenían una oportunidad.

Condujeron durante casi una hora, disminuyendo la velocidad en la ciudad de Cosautlán de Carvajal, el último centro de población antes del rancho del que Saldaña había oído hablar.

Al igual que muchos lugares tomados por el crimen organizado en el México rural, según el reporte del NYT, la propiedad apenas se nombró en la ciudad. Los lugareños sabían que no deberían preguntar qué estaban haciendo allí los hombres armados.

El rancho había sido abandonado. Pero sólo recientemente. El equipo, una mezcla de científicos forenses, oficiales de policía e investigadores, descubrió caballos sanos, ganado y ovejas bien cuidadas cuando llegaron.

La pareja vagó por los jardines en un estado de sueño, guiados más por instinto que por pistas. Tropezaron con un gran contenedor de metal lleno de suciedad y de piezas de ropa al azar, quizás, pensaban, pertenencias de cautivos.

Habiendo sido el motor de toda la incursión, Saldaña trató de tomar el control, dando las órdenes.

El primer día no encontraron nada.

Al día siguiente, continuaron buscando pero salieron con más preguntas que respuestas. Una habitación de bloques de cemento contenía un colchón sucio y cadenas, una cámara de tortura espeluznante, imaginó la pareja. Cerca, se hallaban un montón de ropa interior de mujer, sujetadores y bragas, atadas juntas.

Durante esta segunda ocasión, no hubo cuerpos, sin embargo, los especialistas forenses encontraron cerca de 500 objetos personales entre ropa de bebé, blusas de mujer, jeans desgastados y zapatos.

Las autoridades le dieron a las familia un día más para registrar la propiedad, un tramo de tierra que tomaría 10 veces más personas que las que ya empleaban.

No encontraron nada más.

El siguiente objetivo de la pareja fue otro rancho abandonado en el centro de Veracruz, que los lugareños decían era usado para realizar negocios y organizar fiestas.

Sin embargo, al igual que en el anterior, sólo encontraron ropa y calzado, con excepción de algunas tumbas, en las que no estaban Karla o Yunery.

Ahora, la pareja, al igual que decenas de familias cuyos seres queridos desaparecieron en Veracruz, piden dinero en la explanada de la capital con el fin de pagar pruebas de ADN para realizarlas a aquellos restos óseos que sobre la marchan van encontrando.

Carlos y Vicky decidieron que, mientras esperan, mantendrán presentes en sus vidas a sus hijas, aunque sea sólo en memoria, plasma el diario estadounidense.