1

El Chuy bajó de la motocicleta, sacó su 9 milímetros de la mariconera y disparó tres veces en la cara de un hombre que nunca había visto. Que nunca sabrá quién es. Los transeúntes que oyeron las detonaciones corrieron sin verlo. Era mediodía. El sol acapulqueño caía sobre su espalda semidesnuda. Subió a la moto que dejó encendida sobre la avenida Cuauhtémoc y arrancó con rumbo a la Llave de agua. El sudor que le escurrió por la frente lo cegó de pronto. No perdió la calma; tomó una toallita que siempre carga en la pretina de su bermuda y se secó sin soltar del todo el manubrio. Una gota de agua salada manchó una de las micas de sus gafas amarillas.

En la Llave de agua bajó hacia la colonia Cumbres de Figueroa, luego tomó la avenida Farallón y retomó por la Costera hacia la Base Naval. Rodó por la avenida Escénica hasta llegar al crucero de Puerto Marqués y allí se perdió. Por ese trabajo cobró apenas 10 mil pesos. Lo conocí el mediodía de un miércoles en una casa construida en las afueras de una colonia cuyo nombre nunca supe, ni tampoco por dónde habíamos llegado. Un día antes me habían citado afuera de Plaza Caracol, me dijeron, “bajo ese puente, en La Vacacional, nos esperas”. Estuve dos horas y nunca llegaron. Regresé al centro para verme con el fotógrafo Javier Verdín cerca del parque Papagayo. Acapulco se estremecía con el hallazgo de 10 cadáveres en siete fosas clandestinas en la colonia Olímpica, en el anfiteatro de la ciudad. Tres eran mujeres.

Todavía no terminaba de contarle al Verde que me habían plantado cuando sonó mi teléfono.

—Te estuvimos viendo —me dijo un hombre sin darme tiempo apenas de reclamar—. Mañana regresa al mismo lugar.

Ya no supe si a la misma hora pero lo supuse.

2

En esos días en Acapulco habían ocurrido 345 asesinatos violentos, según recuentos periodísticos. Los datos de los asesinatos en este puerto, todavía uno de los balnearios más importantes de México, se resguardan como si se tratara de un tesoro. Ninguna entidad del gobierno estatal o federal proporcionan porque sí datos duros cuando se le solicita. Lo que se obtiene son filtraciones, cifras proporcionadas sin mencionar fuentes precisas. Y generalidades.

Por ejemplo, hasta mayo de 2015, la Secretaría de Seguridad Pública y Protección Ciudadana mantenía un registro de 336 “homicidios dolosos” en Acapulco; 162.9 por ciento más que el mismo periodo del año anterior, donde ocurrieron 237. Y la Fiscalía General del estado manejaba cifras de 946 “asesinatos dolosos” en todo el estado. Randy Suástegui Cebrero, vocero de la Fiscalía, me los proporcionó a cuanta gotas, dos semanas después de andar tras él. Cuando le pregunté si tenían el dato por municipios, me respondió que no.

El año pasado, Acapulco cerró como la tercera ciudad más violenta del mundo; sólo atrás de la ciudad centroamericana San Pedro Sula, en Honduras, que se ubicó en primer lugar, y abajo de Caracas, Venezuela, que estaba en segundo sitio, de acuerdo con el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal. San Pedro Sula cerró 2014 con 171.20 homicidios por cada 100 mil habitantes; Caracas con 115.98 y Acapulco con 104.16 homicidios por cada 100 mil habitantes. Las mismas tres ciudades ocuparon los mismos tres sitios en 2013.

De mantenerse la tendencia actual —hasta el cierre de este texto iban 449 asesinatos violentos, un promedio de dos homicidios al día, según cifras periodísticas—, Acapulco se perfila por tercer año consecutivo como la tercera ciudad más violenta del mundo.

Cuatrocientos cuarenta y nueve asesinatos violentos. Cua-tro-cien-tos cua-ren-ta y nue-ve a-se-si-na-tos vio-len-tos. Pienso que El Chuy es el autor de unos cuantos, como quien pega tabiques y hace paredes y bardas; como quien sella oficios en una oficina de gobierno o en algún ayuntamiento, como quien cuenta chistes en un camión urbano, como quien sirve tragos en un bar, como quien aplica inyecciones en un centro de salud, como quien pone abate contra los zancudos en colonias pomposas o barriadas, como quien conduce un taxi, como quien vende discos piratas en una calle cualquiera, como quien teclea en una laptop tratando de explicar qué jodidos pasa.

No dijo a quiénes ha matado; sí a cuántos. Al menos un aproximado.

—No sé —dijo— no sé. Para cuántos te gusto —jugó después de un rato de plática, como entrando en confianza.

No le dije un número. No le dije que me gustaba para ninguno. Callé.

—Unos veinte… tal vez —dijo al fin.

Tampoco quise preguntarle si él había sido o no autor de algunos de los crímenes más sonados en Acapulco este año. Aunque tampoco le importa demasiado. Según me dijo, tiene mucho que no mira los periódicos para saber a quién mató esta vez. No me dijo, aunque por ese motivo Acapulco vuelve a ser motivo de discusiones entre consejos y asociaciones civiles de nombres rimbombantes (como el Grupo ACA o el Consejo Ciudadano de Seguridad y Desarrollo Económico del Estado de Guerrero) con enviados del gobierno, asustados porque la violencia desbordada ahuyentará otra vez a los pocos visitantes.

Una de esas reuniones ocurrió por esas fechas, las mismas fechas del hallazgo de las 10 cuerpos en el anfiteatro de la ciudad y por las fechas en que conocí a El Chuy. Fue en una sala de un hotel de la Costera, con desayuno de frutas con diseño arquitectónico y meseros bien uniformados y prestos, e intervenciones interminables en el que los directivos elogian el papel de las autoridades, aunque se estén meando de miedo. Fue ahí, el martes 23 de junio en la mañana, donde el presidente del Consejo Ciudadano, Jorge Ochoa Jiménez, propuso lo que siempre se propone en estos lugares: “desarrollo y empleos para abatir la inseguridad; apoyar a los jóvenes para tener un Guerrero más seguro, y hasta apoyar al gobierno de la República”, etcétera.

Luego, el delegado de Gobernación, es decir, el enviado del gobierno de la República, Erick Castro Ibarra, dijo, repitió lo que repite siempre el discurso oficial: que la pugna entre grupos del crimen organizado por el territorio es la causante de la violencia; que de todos modos son hechos aislados; que de todos modos eso no ocurre en la Costera; que el crimen organizado infiltró las instituciones, etcétera.

No es del todo cierto. Por ejemplo, entre los días 7 y 9 de julio fueron asesinadas tres personas en la zona de playa, donde se bañan cada fin de semana docenas de turistas que vienen del Distrito Federal. El martes 7 un hombre fue asesinado a balazos en un restaurante en la playa Condesa en el llamado Acapulco Dorado y el jueves 9 un hombre y una mujer fueron ejecutados en la playa Hornos, más cerca del Acapulco tradicional.

Aunque los asesinatos más sonados han sido otros y han ocurrido sí, unas cuadras arriba de la franja turística. La mañana del 4 de abril, por ejemplo, el jefe de la Policía Municipal, Daniel Pérez Crisóstomo, fue asesinado cuando viajaba en su vehículo sobre la avenida Cuauhtémoc con su esposa y su hijo. La señora resultó ilesa; el niño salió herido. Dos chicos que viajaban en una motocicleta aprovecharon el rojo del semáforo para acercarse y descargar sobre la cara del comandante su pistola .38 súper. Ese mes hubo 83 asesinatos violentos más.

Dos meses después, en junio, asesinaron frente a su casa al líder de la colonia Leonardo Rodríguez Alcaide, Miguel Camacho Sánchez. Camacho, ejecutado de dos balazos, era el dirigente de esta colonia luego de que el fundador, Antonio Valdez Andrade, fuera asesinado del mismo modo en octubre de 2010. Este mes hubo 78 ejecuciones más. Desde que inició 2015 los homicidios violentos comenzaron a registrarse: en enero 35; en febrero 45; en marzo 30; en abril 84 y en mayo, el mes con más crímenes, 105. Junio terminó con 79 asesinatos. Y en lo que va de julio se llevan contados 71 asesinatos violentos.

O sea, cuatrocientos cuarenta y nueve asesinatos violentos en seis meses.

3

El Chuy fumaba bajo un árbol de mango cuando llegamos a la casa ocupada por una docena de chicos de entre 20 y 25 años. Me miró de arriba abajo. Me sentí disminuido, nada, en medio de todos esos hombres cuyo oficio es de matar a sueldo. Me pidió que me sentara en un tronco muy liso, como si le hubieran sacado brillo. Pensé que sería por tantos culos que a diario se posan en él, ociosos, en espera de que caiga una chamba. El Chuy estaba en otro tronco igual. El patio, cercado con un corral de maderos y alambre de púas, estaba alfombrado de hojarasca. Una verja del mismo material detiene a cualquier intruso. De todos modos quién pudiera asomarse por aquí.

Llegamos por una carretera de terracería que duró al menos 40 minutos. Colonias con casas de tabique sin revocar brotaban como hongos por todas partes. Cerdos en charcos y niños de barrigas prominentes corrían con ellos. Algún pollo o una gallina se atravesó más de una vez por el camino; muchos perros se atravesaron bravos, pleitistos en cada una de las tres o cuatro colonias que cruzamos. Duró 40 minutos el camino para llegar a la casa donde El Chuy nos esperaba, ya dije, pero pareció más tiempo. El silencio es más tenso que una discusión, que un interrogatorio. Supuse que, en todo caso, las preguntas las haría aquél a quien pedí entrevistar. Supuse que por eso los tres chicos con los que viajaba, el chofer con un copiloto y otro atrás conmigo, no hicieron ni un solo comentario.

El Chuy era apenas un quinceañero cuando se inició en el grupo. Siempre dijo grupo, nunca dijo banda, clica, cártel, célula y si se me salió en algunas de las preguntas me corrigió rápido.

—Somos un grupo, un grupo de amigos. Somos familia. Nos tenemos y eso nos gusta —dijo.

Le pregunté para quién trabajaba su grupo. Dijo que era independiente, que apenas había conseguido independizarse. Pero Acapulco, copado por al menos media docena de células del narcotráfico desde 2009 cuando mataron a Arturo Beltrán Leyva en Cuernavaca, Morelos —jefe del Cártel de los Beltrán—, no da oportunidad para eso. Así que no creí, pero tampoco insistí. Supuse que era una información que prefirió no dar.

Ahora tiene 26. Estaba vestido con una playera sin mangas y una bermuda a cuadros morados o lilas que le daba un aire indefenso. Blanco, flaco y de ojos de un color indefinido por las gafas de micas amarillas que llevaba, como aquel día en que ejecutó a uno en la avenida Cuauhtémoc. Tal como me lo platicaría después, cuando le pregunté cuál era el recuerdo más claro que tenía de un día como esos.

—Fue así —dijo, y entonces dio algunos pormenores.

La plática no duro más de una hora. Y terminó de pronto. Le hablaron desde adentro de la casa donde nunca entré, se paró sin decirme “aguanta” y no volvió más. Esperé un rato, viendo que todos entraban. Luego salieron tres chicos que no había visto; no los mismos con los que había llegado y me dijeron que Chuy no volvería a salir, que había sido todo. Me señalaron otro automóvil y regresamos a Acapulco. A la zona urbana de Acapulco.

4

“Yo iba a la escuela, en un Bachilleres, pero tenía que trabajar de toldero para vivir —me dijo El Chuy cuando le pedí que me hablara de él—. Tuve a mis dos padres, seis hermanos, y no les alcanzaba y yo tenía más ambiciones. Un amigo de la escuela me platicaba lo que ganaba por lo que hacía y yo le insistí para que me presentara a sus patrones. Él no quería, me decía que era riesgoso. Yo creía que sólo fanfarroneaba. ‘Verga, y tú qué crees, ese, que soy un cobarde’, le decía para picarlo. Por fin, me acomodó en el grupo, primero como informante. Lo demás corrió de mi parte. Quería hacer lo que los demás hacían, quería que me respetaran. Luego a él lo desaparecieron”.

—Pero los chicos acá pueden contar lo mismo que tú, ¿no?

—¿Cómo qué?

—No sé: pobreza, ambición, ganas de sobresalir. Respeto.

—¡Yo qué sé, ese! Yo hablo por mí, tendrías que preguntárselo a ellos.

Dijo y supuse que hemos encasillado un problema bajo un estereotipo construido desde la oficialidad o desde el confort de las oenegés.

—Entiendo, ¿pero no hay una especie de meta, de objetivo entre ustedes, de competencia por sobresalir, por hacer el trabajo más arriesgado?

—Eso sí y sobresale el más capaz, el más arriesgado, quien no tiene miedo.

—¿Tú no tienes?

—¿Qué?

—Miedo.

—En un principio sí. Cuando me encargaron el primer trabajo me cagué de miedo, ese. Todavía lo siento, pero más bien creo que es adrenalina… no sé.

El Chuy pasó por todos los lugares antes de hacerse jefe de la banda. Ha vendido porros de mota, ha vendido grapas, ha vendido piedra y heroína, “pero esa mierda ya no la quiero, me gusta menos. El chubi me gusta porque me relaja. La coca me pone nervioso y hasta paranoico. Eso sí, nunca voy coco o pacheco a hacer un trabajo. Eso sí. Lo aprendí un día en que casi le doy piso a uno que no era. ¡Verga, eso sí me espanta, ese!”.