México.- Con una obra de más de seis décadas, que le valió ser considerado como un icono de la cultura de su país, el poeta e intelectual cubano Roberto Fernández Retamar (1930-2019), fallecido el sábado pasado, puede ser recordado por su compromiso revolucionario, su sensibilidad poética, pero también, por ser una de las pocas voces que desde la Isla “pudo unir, convocar, polemizar y agitar ideas en contrapunto con buena parte de las letras del continente y más allá”.

Así lo recuerda su compatriota, el poeta y dramaturgo Norge Espinosa, quien compartió con Litoral sus reflexiones en torno a una figura fundamental de la cultura de esa nación caribeña, no obstante ser miembro de una generación que, en su momento, “quiso buscar otros dioses y otros héroes”. Por suerte, dice, a estas alturas puede leerlo más allá de esas primeras fiebres y apreciarlo como el poeta lírico que es de su interés, más allá de convenciones pre-establecidas sobre su legado.

“Podría decir que ‘el Roberto que yo conocí’ era una mezcla de su figura pública y el hombre de familia, y es que, más allá de leer su poesía y de forjarme un criterio sobre esas páginas y sus ensayos, tuve la suerte de conocerlo en ropa de andar por su casa, cuando visitaba a su hija, la narradora Laidi Fernández de Juan, a quien me une una amistad que casi llega a ser cosa de hermanos. En medio de ello estaba Roberto y su esposa Adelaida de Juan, con quienes siempre se podía no sólo hablar, sino aprender algo.

“También, por supuesto, traté al Roberto Fernández Retamar, presidente de la Casa de las Américas, al intelectual comprometido que fue de manera constante, y que estaba de vuelta de los elogios, estudios, análisis y polémicas que su nombre había sabido provocar”, rememora Espinosa, quien en los años 80 pertenecía a una generación que, como es costumbre, buscaba nuevos dioses y nombres a quienes venerar y derrocar.

En ese sentido, aclara, “Roberto fue siempre tratado con respeto, incluso cuando disentíamos de alguno de sus posicionamientos, porque en él era la persona y la obra, aunque ahora mismo yo apueste por esa imagen más íntima de un hombre que me enseñó a entender el valor de la diplomacia”.

Sobre la importancia de su obra dentro y fuera de Cuba, Espinosa considera que él mismo devino en un perfil de aquello que Paul Sartre llamaba el intelectual comprometido; sus libros son estudiados y citados en numerosos ámbitos académicos. Dentro del coloquialismo o mejor, el conversacionalismo que abundó en la literatura cubana de los años 60 hasta bastante avanzados los 80, durante los cuales él se convirtió en una referencia ineludible.

Espinosa se detiene un momento para rememorar cuando Ramón Fernández-Larrea, un poeta de su generación, escribió unos versos que, usando casi sus mismas palabras, discutían uno de los poemas más famosos de Fernández Retamar, lo cual era no sólo un desafío, sino también una manera de extender en el tiempo y hacia otras discusiones lo que él aportó.

“Creo que así lo entendía también Roberto, que siempre tuvo el oído atento a lo que los más jóvenes escribían. Su bien conocido ensayo, Calibán, marca un punto de inflexión en un campo de ideas que regresa a los debates constantemente. Y, sin embargo, prefiero volver a sus primeros poemas, antecedentes de otros tan recopilados en antologías como Felices los normales o ¿Y Fernández?, para hacerme una idea más completa de la persona que fue.

Lo cierto, concede, es que mírese como se mire, no va a haber otro Roberto Fernández Retamar, como tampoco habrá un segundo o tercer Nicolás Guillén; la literatura cubana ha ido perdiendo a muchas de sus figuras tutelares y el desafío que ellas lanzaron sigue aún en pie. La poesía misma ya no ocupa el centro de atención que alguna vez tuvo en Cuba, aunque poetas como Delfín Prats, o Reina María Rodríguez, siempre merezcan ser releídos. Ahora, él mismo tendrá que ser leído en otra dimensión y sospecho que desde ahí aumentarán los retos, las certezas y las interrogantes que permitan entender su altura.

Fernández Retamar formó parte de los jóvenes poetas que llegaron a publicar en la revista Orígenes, y Cintio Vitier lo citó y lo antologó. Convive entonces, de alguna manera, con los aportes de José Lezama Lima, Gastón Baquero, Eliseo Diego, Fina García-Marruz, Ángel Gaztelu, Lorenzo García Vega, Virgilio Piñera y Octavio Smith, al tiempo que se desmarca de ellos dada su juventud y las experiencias primeras que revelaba en su poesía, en la que siempre despuntó su madurez.

Fue un poeta que escogió sabiamente sus lecturas y sus influencias; César Vallejo, entre ellas, esencial, que lo guiaría luego con mano más firme hacia el Conversacionalismo. Pero fue también un lector devoto de Julián del Casal, a quien el grupo Orígenes convirtió en todo un símbolo. Si ese grupo quiso darle a la poesía cubana un estado de trascendentalismo, como él mismo dijo de sus integrantes en su ensayo La poesía contemporánea en Cuba (1954), compartió con esos autores esa voluntad de dar a la poesía una mayor conciencia de rigor y otra clase de utilidad, asegura el autor del poemario Las estrategias del Páramo, que recopila poesía escrita entre 1989 y 1997.

“Recuerdo alguna vez que me hizo sonrojar cuando me dedicó, durante una lectura de poemas al aire libre, un texto suyo que recordaba a Federico García Lorca. Tengo recuerdo también de su trato, su afecto y su respeto”. “Ahora mismo”, añade Espinosa, “tras su fallecimiento, aparecen anécdotas muy diversas de quienes le trataron y fueron sus colegas. Cada quien recuerda su Roberto, me digo. Y creo que eso nos ayudará a irnos forjando una imagen más nítida de la persona que fue, por encima de cualquier encasillamiento.

“La responsabilidad que nos deja es la de leerlo y recordarlo como un escritor y un intelectual que se concentró en hacer una Obra, en medio de contingencias que a veces aceleraron su mano y otras la hicieron detenerse para redactar manifiestos, editoriales, réplicas, cartas, que también habrá que integrar a su perfil. Detrás de eso, de las anécdotas, del eco de la batalla, estaba un poeta. Encontrarlo nuevamente y leer todo lo demás desde ahí, es el próximo desafío”, concluye Espinosa, merecedor entre otras distinciones de la Orden por la Cultura Nacional que otorga el Consejo de Estado de la República de Cuba.

Roberto Fernández Retamar se doctoró en Letras por la Universidad de La Habana, estudió Lingüística en La Sorbona de París y dio clases en las universidades de Yale y Columbia, en Estados Unidos. Poeta y ensayista, fue, ante todo, creador de una obra que trascendió a innumerables ámbitos y lo colocó a la cabeza de la producción contemporánea en lengua española. Entre los méritos que se le reconocen está el de su coherencia ética, su fidelidad a los más altos valores de la cultura cubana y latinoamericana, su sensibilidad e inteligencia, así como su bondad y vocación de servicio.

Admirador de José Martí, el intelectual cubano fue parte de muchas generaciones y épocas, al ser coetáneo de Fidel Castro, de Camilo Cienfuegos, de Ernesto “Che” Guevara, pero también de Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Alicia Alonso y Rosario Castellanos; amigo de Alejo Carpentier, Nicolás Guillén y Ambrosio Fornet, y parte de una camada poética en la que convergieron plumas como las del salvadoreño Roque Dalton, el nicaragüense Ernesto Cardenal o el mexicano Efraín Huerta, por citar algunos.

Una de sus obras más importantes fue Calibán, ensayo en el que aboga por una relectura de la historia desde el punto de vista del explotado y colonizado, al tiempo que indaga en algunas claves del espacio geográfico y cultural de Latinoamérica, el cual pasó a formar parte del programa de estudios de diversas universidades de América Latina y Estados Unidos. Se dice que su obra ha sido traducida en países como Alemania, Bulgaria, Brasil, Checoslovaquia, Corea, Estados Unidos, Francia, Grecia, Italia, Jamaica, Polonia, Portugal y la ex Unión Soviética.

Fundó y dirigió el Centro de Estudios Martianos, en 1977, fue Miembro de la Academia Cubana de la Lengua, la cual dirigió hasta su muerte, momento en el cual también era miembro correspondiente de la Academia Española de la Lengua. En el ámbito político fue diputado de la Asamblea Nacional del Poder Popular y miembro del Consejo de Estado de la República Cubana, entre 1998 y 2013. Al momento de su muerte contaba con 89 años. Por decisión de su familia, sus restos fueron cremados y lanzados al mar.