México.- En cada paso, una plegaria. Son las 16:00 horas en Tlahuelilpan y una peregrinación de tres mil habitantes sale de la iglesia de San Francisco de Asís, con la imagen del santo patrono al frente.

Su destino es el campo de alfalfa de la comunidad San Primitivo, donde se prevé un novenario multitudinario en memoria de los 120 fallecidos por la toma clandestina en un ducto que ardió la tarde-noche del 18 de enero, fecha que enlutó al municipio.

En la peregrinación, los deudos, amigos y conocidos de víctimas y desaparecidos llevan cruces, rosarios, biblias, fotografías, flores y, sobre todo, sus rezos: “Santa María, Madre de Dios, ruega, Señora, por nosotros, los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.

A 12 días de la tragedia, ingresar a la zona cero resulta intimidante: vio morir calcinadas a 69 personas. El lugar aún muestra las grandes marcas de ceniza donde quedaron regados los cadáveres. Durante la celebración religiosa que dirige el arzobispo de Tulancingo, Domingo Díaz Martínez, unos dolientes deshojan claveles sobre las cenizas que dejaron los cuerpos, mientras otros colocan arreglos florales.

Hombres y mujeres lloran por igual. A algunas las piernas se les doblan y terminan arrodillándose; otras buscan el apoyo de un abrazo para no desvanecerse. Las lágrimas resbalan por sus mejillas.

Las escenas de dolor son observadas por niños que no terminan de entender lo que ocurrió, pero que llevan flores. Saben que alguien murió: un tío, un primo, un hermano, pero su inocencia no les permite dimensionar la situación y el sufrimiento que ha marcado a su pueblo.

“Son días difíciles, muy muy difíciles, porque, aunque la gente te dice ‘ya va a pasar’, es algo que te duele en el alma. Tengo mi alma y corazón rotos porque él era mi hermano, y si yo perdí a un hermano, mis papás perdieron a un hijo. Era la persona más noble que había”, dice Isabel Ramírez Hernández, hermana de José Antonio, de 24 años, cuyo cuerpo no ha sido localizado.

La mujer cuenta que ese día su familiar y dos de sus amigos estaban en el lugar, por lo que fueron alcanzados por las llamas. Uno de los colegas, antes de fallecer, confirmó que José Antonio, él y el otro camarada se encontraban juntos.

Durante la ceremonia religiosa, deudos de las víctimas se apuestan a orillas del canal de riego para colocar flores y cruces donde la noche del 18 de enero corrió un río de combustible que brotaba de una fuente.

A un lado, instalan crucifijos de mármol; uno de estos, sin un destinatario en particular, solo con la fecha 18 de enero de 2019 y un nombre: Tlahuelilpan. El dolor continúa.

Durante el sermón de la celebración religiosa, Díaz Martínez lamentó la tragedia; no obstante, afirmó que dejó enseñanzas:

“Tenemos la obligación de cuidar la vida, cuidemos nuestra vida.  La vida de cada uno de ustedes vale más que todo el petróleo de México”, dijo. “Cuidar la vida es otra de las enseñanzas que recibimos después de este espantoso acontecimiento”, reiteró a la multitud.

En su mensaje, el clérigo pidió a la población “cuidarnos unos a otros para no volver a vivir experiencias amargas como la que acabamos de vivir”.

A la ceremonia religiosa acudieron los obispos de Tula, Juan Pedro Juárez Meléndez; de Huejutla, José Hiraís Acosta Beltrán, y el arzobispo de Tulancingo, Domingo Díaz Martínez.

Este último consoló a los deudos y señaló que los 120 obispos del país y el papa Francisco se han unido en oración por la tragedia.

Al finalizar la misa, Díaz Martínez pidió por los heridos y por los fallecidos, a quienes nombró uno a uno.