Sentido y cuerpo

El ritmo abrupto de los versos, el sonido de madera áspera, la sensación de que hay algo al fondo de cada palabra, una energía que no se aprecia completamente con la mente, fue lo que hizo que me obsesionara con Trilce. En este libro aprendí que hay poesía que no busca sentido, significar algo concreto, que su intensión es romper el sentido precisamente e ir hacia las combinaciones de sonoras, imprevistos sintácticos y espaciales.

Me peleé con Trilce y salí derrotado porque buscaba encontrarle un sentido a muchos de sus poemas. Me enamoré de Trilce porque de pronto dejé que fluyeran las palabras y fue naciendo una lógica más allá del lenguaje S+V+C. Comencé a descubrir que la poesía a veces juega fuera de ese esperar que nos digan algo concreto los versos. El contacto que tuve con este libro fue un estremecimiento mental y físico. Los sonidos y las imágenes provocaban frío en el estómago, ganas de soltarse a llorar un poquito, momentos en que me ponía literalmente de pie ─como dijo José Vasconcelos que había que leer los libros importantes─, murmuraba emocionado, sonreía y movía nerviosamente las manos.

Lo mismo me ocurrió con Rulfo. Unas mujeres caminan de madrugada cubiertas con sus rebosos negros y sus pasos suenan como alas de murciélagos que rozan el suelo. Esta imagen me estremeció y se grabó en mi mente desde que la encontré en “Luvina”, y sigue ocurriendo la misma escena en mi cabeza cuando recuerdo este cuento. Algo terrorífico me enfrió los huesos; los rebosos contra el fondo negro de la madrugada y los pasos sonando pesadamente provocaron reacciones en mi cuerpo. Esta escena es de los fragmentos de poesía más entrañables de mi vida.

 “El lenguaje hablado está más cerca de la poesía que de la prosa; es menos reflexivo y más natural”, escribió Octavio Paz. Cuando de niño iba a visitar a mi mamá a Tabasco, la manera de hablar de los tabasqueños me hacía reír mucho, era emocionante. Me alegraba escuchar cómo la gente se expresaba de manera juguetona y pícara, elevando la voz, soltando “malas palabras”, usando frases ingeniosas, giros sutiles, palabras que se quedaron estancadas en el tiempo y ahora son parte de un español antiguo. Fue allí donde comencé a comprender, a través del cuerpo, de la risa y el cosquilleo, el poder del lenguaje y la poesía.

Esas mismas sensaciones las he vuelto a sentir al toparme con ciertos poemas y son las que en el fondo me llevan a leer libros de poesía, porque busco repetirlas una y otra vez. Se trata de placer, y como todo placer, con la repetición del acto que lo produce, disminuye en potencia y cambia de horizonte. Quizá ya no hay cosquilleo y sonrisa conmovida, pero se comienzan a apreciar otros puntos, se advierten matices antes desapercibidos. Es como el enamoramiento, porque en un principio es un golpe de excitación y júbilo, un comportarse desbocadamente, pero con el paso del tiempo eso se va transformando en una calma más observadora, en una tranquilidad que permite nuevas perspectivas.

El cuerpo se va transformando, va encontrando y desechando alicientes. La poesía como estímulo del cuerpo cambia de rostro también con el transcurrir del tiempo. Uno se va interesando por un tipo de poesía y va olvidando otro. Pero la memoria corporal tiene sus marcas imborrables y en algún momento, cuando uno vuelve a leer viejos poemas preferidos, después de mucho tiempo de no hacerlo, uno recuerda y siente por un breve instante algo de lo que sintió en las primeras lecturas.

Lectura adolescente

Comencé a tomar los libros de poesía que me iba encontrando en los libreros de mi casa, en las librerías y las bibliotecas, cuando me di cuenta que había ciertos poemas con los que podía entrar en contacto con las cosas que me estaban ocurriendo en la vida. En la adolescencia, además de escuchar canciones, mi otro punto de apoyo fue la lectura de Sabines, Neruda, Whitman. Leer poemas y escuchar canciones me proporcionaban otras miradas a mis erráticos comportamientos de adolescente, a mis sufrientes emociones y sentimientos; pensaba: “¡ah!, a él también le pasó lo mismo”, “algo así es lo que siento ahora”. Leía como buscando respuestas y pautas que pudieran guiarme; estos poetas eran para mí una especie de maestros, brujos que podían saber qué era lo que me sucedía y brindar una solución con sólo mirarme a los ojos.

Me acercaba a la poesía porque me gustaba una muchacha o sufría por alguna y quería expresarlo, al menos a través de otra voz. Los poemas de desamor me proporcionaban un espacio para azotarme con toda libertad y gusto. Los mejores poemas de amor, como afirma Nick Cave de las canciones de amor, eran siempre los que hablan de rompimientos, ausencias, desamores; así que me deleitaba con el lloriqueo, tan común en la poesía occidental.

Enfrentarse a una especie de imagen interior, encontrar respuestas a toda esa revoltura anímica adolescente, toparse con el hecho de que ciertos poemas ayudaban a expresar mis deseos y sufrimientos, fueron algunos de los hallazgos de mis primeras lecturas. En la actualidad las motivaciones ya no son las mismas, pero, en realidad, el fondo es el mismo. Hoy leo por el placer que dan las palabras y sus combinaciones, para asistir al juego, a la construcción, destrucción y puesta en duda de mundos, el trabajo con el lenguaje, la libertad que eso implica.

Lectura para salir a pasear al campo

Leer poesía me protege de la adversidad de este mundo. Lo he sentido muchas veces. Pero no creo en los afirmaciones del tipo “yo sin leer no podría vivir”. Seguro que sin la lectura uno podría vivir. Sin embargo, la buena lectura nos puede dotar de un deseo agudo de hacer y experimentar las cosas que conforman la existencia. Leer poesía podría liberarnos hasta de la poesía, en el sentido de ayudar a evitar colocar todo el sentido de nuestra vida en una cosa únicamente. La lectura es importante en tanto se articula con todas las demás cosas que conforman la realidad: vivir la música, los colores, los cuerpos, el mar, etcétera.

Se trata de libertad. Leer es liberador cuando nos arranca del pequeño universo en que muchas veces nos encontramos, para alentarnos a salir al mundo con la menor cantidad de ataduras posibles; cuando nos lleva a no querer nada porque se quiere todo, a abrirnos a todas las experiencias sin entregarnos completamente a ninguna. Es liberador porque nos dota de una actitud transgresora: frente a las estructuras de pensamiento, morales, religiosas, lingüísticas y otras, la lectura siempre nos mostrará una visión más amplia, crítica, revolucionaria, un camino diferente.

La lectura de poemas nos puede brindar la oportunidad de descifrar no sólo los mensajes construidos con palabras, y no sólo mensajes, sino realidades concretas, que no tienen nada que decir, que sólo son. Nos afila los sentidos, nos brinda sensibilidad. Leer poesía requiere de práctica, tiempo de perfeccionamiento. Para alcanzar una buena lectura, es necesario haberse perdido en textos con los que no logramos establecer un contacto, haberse arriesgado muchas veces con poemas que están fuera de nuestro ámbito conocido, más allá de nuestra zona de confort. Leer se trata sólo de un camino por el que se puede lograr una vida más plena. No es un fin en sí mismo.