México-Cultura BP.- Recién llegaba a la Ciudad de México, no estaba en mis prioridades salir a conocerla; era más apremiante conocer mi entorno inmediato, las calles de la colonia, su mercado, identificar a los vecinos; respirarme en las paredes y los contraluces del departamento, mi extranjero y nuevo hábitat.

Pero un día salimos, Ramón y yo, a caminar por el Centro Histórico: Bellas Artes, el Sanborns de los Azulejos, la Alameda, que en ese entonces aún deslucía debido a la gran cantidad de vendedores ambulantes y comerciantes semi establecidos, con sus pisos pegajosos de grasa y mugre, pero conservando su esencia de parque provinciano, alegre. Cerca de ahí, en una callecita profunda, descubrí Tristessa de Jack Kerouac.

Kerouac caminó por estas calles, por cuarta ocasión, en 1955. Ya había conocido a Esperanza Villanueva, tres años antes, y buscaba a Bill Garber, amigo de William Burroughs, quien vivía en Orizaba 210 en la colonia Roma. El ambiente descrito en Tristessa es abismalmente nostálgico, húmedo, con animales domésticos y de granja entre habitaciones en ruinas, edificaciones y personajes subterráneos de facha espectral.

Hojeé el libro y pregunté el precio. “Cien pesos”, dijo el tipo con su cigarro en la mano, sentado sobre una roca volcánica. Ramón intentó regatear, “cincuenta”, “ochenta”. No funcionó. “Es el único que hay, no creo que lo encuentren en otra parte”. Nos llevamos el libro.

¿Quién era Kerouac entonces? No era nadie (aún no escribía En el camino). A todos los bebedores algo nos matará un día, resignándonos al alcohol y al resto de nuestros vicios. Intentó escribir un compendio de su existencia, La leyenda de Dulouz, pretencioso compendio de sus obras completas. En vano. Siguió fumando y rezando, convencido de que su camino en esta vida era el budismo, buscándose y perdiéndose por las orillas del infinito y la gran ciudad.

Leí Tristessa de un tirón, horas que fueron tejiendo un elenco de palabras y obsesiones, trasiego de reconocimientos con esos personajes irredentos, existencias cómplices, surtas en puerto extraño, pero con una emocionalidad destructiva y creativa al mismo tiempo.

Tristessa de Jack Kerouac

Jack usó la voz monótona y repetitiva de Garber (Old Bull en Tristessa), obsesivo éste con las hazañas de Alejandro Magno y la poesía simbolista, como un mantra catalizador de su escritura. De ese delirio surgieron los poemas de Mexico City Blues, su más célebre poemario: 242 poemas escritos en el cuarto de adobe que alquilaba en la colonia Roma, sin agua y sin luz.

Tristessa es una indígena pura, drogadicta tenaz, seductora, explosiva en lapsos de abstención, al punto que Old Bull y Kerouac debían conseguir su dosis. Eran días en los que Jack observaba a los gatos y a los gallos, pasando sus pequeñas vidas bajo la cama o sobre la mesa y el fregadero.

El libro desapareció de mí, quedó un tiempo en otras manos. Lo recuperé una Navidad en casa de mis padres. Entonces recordaba al vendedor de libros advirtiéndome “es el único que hay”. Lo busqué, lo encontré en un librero, y lo guardé en mi maleta.

Jack Kerouac Tristessa

Jack Kerouac.

El alma de Jack, aún en drogas y en las calles de esta ciudad, era visualizar el universo, abrazar el consuelo y el amor culposo por Tristessa, lo que ella le encarnó y amaron juntos, tantos amigos que se marcharon, tantos gatos. Culposo porque, muy en el fondo de su ser, Keoruac sospechaba que Esperanza no era digna de ese cariño, pero era su refugio, el deseo de querer a alguien.

“Abrazo a Tristessa por la cintura y caminamos tristemente… Esta noche no me odia…”, dice Jack, con su amor inofensivo. Aún en los más infames momentos de esta mujer ingobernable, sombría, católica y enferma, amó sus llagas, sus protuberancias, su cuerpo paralizado. ¿Para qué?, para escribir, tal vez. A veces sucede que el amor insondable tiene un objetivo más universal que la complacencia íntima.

 Y ese fue el comienzo de mi relación con Jack Kerouac y su Esperanza, un comienzo bajo la lluvia fría, que en esta ciudad no puede ser de otra manera. El libro beat más importante escrito sobre la Ciudad de México, donde dios, la salvación, el desafecto, los amigos, conforman una pirámide que termina en la cúspide de la metafísica y en la búsqueda perpetua del yo.

Abracé el libro al terminar. Leeré Tristessa por muchos años, y en cada época, algo nuevo sobrevendrá a mi experiencia, nuevos retratos, otras formas de leer. Hay presencias que, puramente, nos guardan fidelidad.