Dos turistas bohemios que arribaron al puerto esta semana decidieron conocer la zona comercial del centro de Acapulco, Guerrero. Su recorrido comenzó en la avenida Costera, frente a la Playa las Hamacas, que atravesaron hasta encontrarse con la calle Velázquez de León y Valdés Arévalo.

Al adentrarse, observan del lado derecho una gasolinera junto a un edificio de cuatro pisos donde alguien instaló una escuela privada de nivel medio superior, de allí sale un grupo de jovencitas con uniforme azul con blanco.

Acapulco, zona de tolerancia 5Metros más adelante, Samuel Bon y Brandon Mil, apuntan con un dedo hacia un restaurante de pollos asados, llamado "La Fogata". Ahí observan a una familia sentada en una mesa de madera chupándose los dedos después de haberse comido un cuarto de pollo asado.

Son las diez de la mañana, y aunque se les antojó el pollo, no tienen mucho apetito; prefieren adentrarse hacia la zona centro, donde propios y extraños encuentran de todo. En la esquina de la cuadra, ven una tienda de artículos deportivos de nombre Comercial Aquique, y un puesto de revistas y periódicos, con pocos ejemplares.

Cuando intentan entrar a esta tienda para ver los artículos, se deslumbran al mirar a lo lejos un par de piernas contorneadas y blancas que descansan sobre un tacón de aguja. Entre el caminar de gentes que cruzan a todas horas por esa calle, se ve la silueta completa de una mujer recargada sobre una pared del hotel Coliseo, en la espera de un cliente.

Avanzan sobre la calle de Velázquez de León, del otro lado de la cera, aparecen los restaurantes bar. El primero que ven es el canta bar Cratos, un local pequeño con mesas de plásticos, tiene una rocola que con 10 pesos toca tres canciones, es media mañana pero el lugar ya tiene parroquianos bebiendo cerveza para “bajarse el calor”.

Los extranjeros siguen de frente y pasan por la Arena Coliseo, pintada de blanco y con cortinas cerradas, seña que ha dejado de ser el lugar del espectáculo de lucha libre. Sobre las banquetas, quedaron las huellas de los vendedores de máscaras que solían ofrecerlas al público después de una función.Acapulco, zona de tolerancia 1

En la misma cuadra donde está el bar Cratos, sale un hombre casi cayéndose con los pantalones mojados, le hace la parada a un taxi colectivo. Enfrente de donde se sube el tipo al taxi, hay una escuela patito de nombre Ecamz que dice ofrecer preparatoria abierta y jardín de niños.

Al seguir caminando, se topan con una rosticería, una tortillería, y la sastrería Toño, que a la entrada del negocio tiene instalada un par de máquinas de apuestas electrónicas.

Los dos visitantes no pueden evitar lanzar una mirada a cuatro chicas que se ocultan el callejón del Hotel Coliseo. Con miradas pícaras, las mujeres de ropa corta y ajustada al cuerpo, intentaban atraer a los transeúntes.

Entre el andar de madres y niños que pasan por esta calle con rumbo a las escuelas o negocios, las sexoservidoras ofrecen el servicio a los clientes que pasan.

Samuel y Brandon se detienen por un instante en un pequeño comercio de fayuca, sin dejar de mirar a las mujeres del callejón. Una de ellas, al sentir las miradas, se sube la falda de licra para mostrar lo blanco de su pierna.

Mientras ellos comienzan a sudar y las orejas se le ponen rojas, la señora que atiende el negocio les interrumpe para preguntarles el clásico: “¿Qué van a llevar?”

-Este... no pues... estamos viendo qué le podemos comprar, dice uno, mientras su compañero aprovechaba la distracción y le lanza una mirada a una güera nalgona que enseña medio cuerpo fuera de la entrada del hotel.

Perturbados y sudados por el calor del mediodía, siguen su camino, y cuando faltan algunos metros para llegar a la otra esquina de la calle Velázquez de León, arriba, sobre un barandal ven un letrero con la oferta del día.

El hotel Rosa Linda tiene cuatro pisos, con estilo de construcción tipo vecindad. El precio por cuarto cuelga en su fachada: “70 pesos por una hora de placer”. Enfrente, cuatro bares, uno junto a otro: Dos arbolitos, Mónica, Estrella y El Azul, con alguno que otro parroquiano de sospechosa actitud, parecen llamarlos.

Los turistas se encaminan más hacia el sur de la zona comercial y llegan hasta la parada del Tamarindo; allí los taxis colectivos amarillos se amontonan caóticamente; son el transporte de la gente que vive a las colonias periféricas: Ciudad Renacimiento, Coloso, Colosio y Zapata.

En ese punto, confluyen dos calles: la Velázquez de León y la famosa calle Noria, donde hay una decena de bares y cantinas. En esos restaurantes que antes eran de ambiente familiar, además de beber cerveza y licor, se podía comer mariscos frescos, mientras un trío de música entonaba la canción de su recuerdo. Ahora casi ya no llegan familias, sólo tipos de apariencia extraña deambulan.

En esa zona, hace algunos años, no había espacio para entrar, estaban llenos de gente que hacía filas esperando un espacio en una mesa, comenta un taxista a los turistas, mientras esperan pasaje bajo la sombra de un tamarindo. En la calle Noria, está el restaurante bar Las Gaviotas y otro negocio que antes le decían los Pescaditos, donde la gente acostumbraba comer pescados de piedra con una salsa de agua chile y tortillas calientes.

En el interior de Las Gaviotas, se escucha el corrido de Linares, entonado por dos músicos norteños que con guitarra y acordeón, complacen a clientes con corridos de los Tigres del Norte como “Pedro y Pablo eran hermanos, amigos inseparables…”. Hasta la triste melodía de: “Te vas a mor mío”.

Los visitantes preguntan a los taxistas qué tan segura es esa zona. Les dicen que no es peligrosa durante el día, pero si andan por ahí ya muy noche, es posible que sean asaltados. Entonces no vacilan en la advertencia que les dan, y evitan entrar por esa calle y cruzan siguiendo la Velázquez de León.

En esa esquina, también hay cuatro mujeres más con ropa corta y con bolso en mano, se ofrecen bajo el calor de unas cervezas, a un hombre que pasa medio ebrio, le ofrecen un descuento para pasar unas horas de placer. Lo convencen y se meten al hotel más cercano.Acapulco, zona de tolerancia 4

Los turistas parecen no hacerle mucho caso al llamado de las chicas, porque las ven como muy maduras, enfermas y con varios kilos de más, prefieren entrar a ver el menú de un restaurante taiwanés, que está por un lado.

En la esquina de Velázquez de León y Belisario Domínguez, hay un puesto de discos pirata, y metros más adelante, se llevan otra sorpresa. Otro grupo de mujeres jóvenes de buen cuerpo y de rostro fino se ofrecen sobre la banqueta en espera de un llamado.

Samuel Bon y Brandon Mil se miran y se hacen de señas, al parecer les ha gustado lo ven. Metros más adelante, otro grupo de chicas atractivas aguarda en la entrada del hotel Bety. Por curiosidad se acercaron a la más joven de ellas y le preguntan cuánto cobran por el servicio.

Se escucha el murmullo de uno de ellos cuando dice: "luego venimos, es que necesitamos llegar al mercado de artesanías que está más adelante y comprar algunos recuerdos”. Una de las mujeres, suponiendo que ya no regresarán, toma a uno de ellos del brazo, lo jala un poco hacia adentro de la hospedería, pero el visitante, así como entró salió.

Ambos deciden salir de ese lugar al que califican como zona de tolerancia, para ir en busca del Mercado de Artesanías. Cuando avanzan sobre la banqueta destrozada, se tapan la nariz porque sienten un fuerte olor a acetona que les penetra el cerebro.

Uno de los turistas le hace una seña con el dedo a su compañero y apunta hacia donde hay una mujer sentada sobre un banco, adentro de un salón de belleza, tiene un pie metido en una bandeja con agua, mientras otra le pinta las uñas para ponerle unas piedras brillantes.

En el otro extremo de la misma cuadra, una tienda de ropa muestra modas pasadas, seguido de más locales comerciales donde se venden zapatos, equipos musicales, una tienda de alimentos, y casi sobre la calle Palma, un conjunto de locales rústicos con techos de metal, se muestra como mercado de mariscos.

Acapulco, zona de tolerancia 3Por fin salen de la Velázquez de León, avanzan rumbo al Zócalo, pasando por la calle Matamoros donde hay un mercado sobre la banqueta que colinda con un depósito de basura de Saneamiento Básico, es el famoso mercado de Tepito, a 150 metros del mercado de Artesanías El Parazal.

En ese mercado, la mayor parte de los locatarios ya cerraron sus negocios porque se fue el turismo internacional. No muy lejos del mercado, hay una zona de venta de tacos al pastor y más locales de productos piratas, así como tiendas de empeño, aparadores de venta de ropa de niño y un banco.

Los turistas realizan algunas compras y salen del mercado para tomar un taxi, están cansados porque han caminado y han visto mucho de lo que se ofrece en la zona del centro de Acapulco, se van admirados porque nunca imaginaron encontrar prostitución y tiendas comerciales, conviviendo juntos en un solo lugar, en el primer cuadro de esta ciudad.