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Uruguaya Cristina Peri Rossi gana Premio Iberoamericano de Letras

Poeta y novelista uruguaya opina que la literatura es el último reducto contra la frivolidad.

Por Redacción, 2019-09-08 09:10

México, (Notimex).- La escritora Cristina Peri Rossi (Montevideo, Uruguay, 1941) obtuvo el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2019, que otorga la Universidad de Talca. Tras conocer la decisión del jurado internacional –integrado por personalidades de España, México, Austria, Francia y Chile– que analizó durante cinco días las candidaturas para el galardón, la poeta y novelista uruguaya se dijo emocionada, halagada y contenta, “siento una emoción tan fuerte, que corro el riesgo que sea la última”.

Asimismo, expuso: “La literatura para mí, en esta época tan dura del siglo XXI, es el último reducto contra la frivolidad y la banalidad”. Hija de inmigrantes italianos, Peri Rossi se ha caracterizado no sólo por su carrera literaria, sino por su activismo político. De acuerdo con la página web amediavoz.com/perirossi, fue su madre, maestra, quien la inició en el amor a la literatura y la música y la instruyó en los ideales feministas de igualdad.

La escritora se graduó en Literatura Comparada, cuya enseñanza ha ejercido durante muchos años. Sus primeras publicaciones fueron protagonizadas por niños, pero luego abordó temas como el erotismo, la homosexualidad o la guerrilla, siempre en un estilo experimental.

Su primera colección poética constituyó un pequeño escándalo por su erotismo y sus transgresiones sexuales. Tras el golpe militar uruguayo, la también amiga de Julio Cortázar (1914-1984) tuvo que exiliarse en Europa. Llegó a España en 1972, cuya nacionalidad obtuvo dos años después.

Algunas de sus obras son Evohé (1971), Descripción de un naufragio (1974), Diáspora (1976) Lingüística general (1979), Europa después de la lluvia (1987), Babel bárbara (1991), Otra vez Eros (1994) y Aquella noche (1996).

Su obra ha sido traducida a varios idiomas y galardonada con los más prestigiosos premios literarios, entre los que se encuentra el Premio Internacional de Poesía Rafael Alberti 2003 y el Premio Loewe 2008, refirió El Mostrador, medio chileno de noticias, el cual considera La nave de los locos (1984) como la obra insigne de la autora uruguaya, porque aborda tópicos como la locura, el viaje, la creación, el exilio y los desaparecidos.

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Hoy estamos vivos y esta es nuestra fiesta, dice autora de «En el viaje»

La novela narra el caso de un grupo de amigos que viaja de la Ciudad de México hacia Real de Catorce en San Luis Potosí.

Por Redacción, 2019-09-12 10:55

México, (Notimex).- “Escribí este libro sobre todo porque hay días en que estoy segura de que vamos a desaparecer como especie y que, además, nos lo merecemos”, dijo la escritora Anaí López durante la presentación de “En el viaje”.

Su nueva novela narra el caso de un grupo de amigos que viaja de la Ciudad de México hacia Real de Catorce en San Luis Potosí. Son Irene, Claudio, Denisse, Lorenzo, Karla, Mauro, Javiera y Adam.

Todos tienen un gusto especial por la fiesta y por diversas sustancias. Entre lo que comparten está el amor, que es su ancla en la vida. Sin embargo, un evento inesperado los fisura, por lo que deberán hacer una introspección para reencontrarse o perderse para siempre.

“Los alucinógenos que ellos consumen implican una negación de los valores sociales y es una tentativa por escapar de este mundo y colocarse al margen de la sociedad”, indicó la autora de la afamada trilogía “Quiéreme cinco minutos”, “Quiéreme si te atreves” y “Quiéreme bien”.

Aclaró que no podría hablar por otros, pues la experiencia de viaje siempre es subjetiva y, en su caso, le recuerda que la vida de las personas no depende del trabajo, el dinero, la estabilidad ni la productividad.

“Dependen más del olor a café, del tacto del amado, de la palabra que nos empaña los ojos, de cosas que no se pueden explicar. Me confirma que lo sagrado no tiene qué ver con credos ni con dogmas, porque no tiene qué ver con nada a lo que se puede acceder con la razón o con la conciencia”.

Dentro de 110 años, dijo Anaí López, “ninguno de nosotros estaremos aquí, estarán otros. Pero ahorita estamos los que estamos, trenzados al mismo tiempo en esta, nuestra única fiesta. Ésta es la época dorada del mundo, ésta y ninguna otra, estamos vivos y mientras lo estemos somos invencibles ante la muerte”.

Antes decenas de personas atentas a los detalles de “En el viaje”, subrayó que también lo escribió por nostalgia, por sus hermanas, por sus padres, por su primo, por sus amigos, con su esposo, por su hijo y por cosas que no sabe que sabe.

“También lo escribí porque en otros días confío en que prevaleceremos y un día sabremos qué diablos hacer con esta bendita y maldita conciencia de nosotros mismos. En esta tensión constante, vivo y escribo”, resaltó quien fungió como jefa de escritores en las series “XY”, “Bienvenida realidad”, “Infames” y “Dos lunas”.

Los comentarios de “En el viaje” corrieron a cargo de los escritores Karina Simpson y Fernando Rivera Calderón, quienes leyeron uno de los fragmentos.

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Muere Elisa García Barragán, investigadora de arte

Entre sus múltiples contribuciones, fundó el Museo Manuel Tolsá del Palacio de Minería.

Por Redacción, 2019-09-04 10:08

México, (Notimex).- Elisa García Barragán, investigadora de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la máxima casa de estudios —del que fue directora de 1987 a 1990—, falleció este martes, informó el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL).

En un comunicado, el INBAL lamentó el deceso de la humanista y especialista en historia de México, universal y del arte mexicano, quien desarrolló una trayectoria académica de más de cinco décadas en las principales instituciones culturales del país como el Museo Nacional de San Carlos (MNSC), el cual dirigió de 1993 a 1997, periodo en el que el recinto recibió el rango de Museo Nacional por decreto presidencial.

Las aportaciones de la doctora en Historia —con especialidad en Historia del Arte por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)— en el ámbito de la docencia e investigación, derivaron en la formación de varias generaciones de especialistas, y en la publicación de libros y artículos que han enriquecido los estudios del arte mexicano y de la historia nacional.

García Barragán fundó el Museo Manuel Tolsá del Palacio de Minería, y fue presidenta de la Comisión Consultiva encargada de velar por su salvaguardia; además formó parte del Consejo Consultivo de la Comisión Especial del Senado de la República, y desde 1984 integraba el Sistema Nacional de Investigadores Nivel III.

Publicó más de 100 artículos y 15 libros, entre los cuales destacan: José Agustín Arrieta. Lumbres de lo cotidiano (1998); Ángel Zárraga. Entre la alegoría y el nacionalismo (1992); Ramón López Velarde. Álbum, en colaboración con Luis Mario Schneider (1988); El pintor Juan Cordero. Los días y las obras (1984), y Dibujo y grabado en los siglos XIX y XX. Historia del Arte Mexicano (1982).

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A 5 años de su muerte, legado de José Emilio Pacheco sigue vigente

Por su constante inmersión en la prosa cuando hace poesía, desobedeciendo ortodoxias o cánones escriturales, el poeta es, entonces, un prosista lírico que se niega a los encasillamientos.

Por Redacción, 2019-08-27 10:52

México, Notimex.-A ocho décadas de su nacimiento, que se cumplieron en junio pasado, y a un lustro de su muerte (enero de 2014), continúan saliendo libros de y sobre José Emilio Pacheco, referente indudable de la prensa cultural mexicana.

Pero hablemos un poco de su trabajo literario.

José Emilio Pacheco pareciera un poeta que no lo es. Por su constante inmersión en la prosa cuando hace poesía, desobedeciendo ortodoxias o cánones escriturales, el poeta es, entonces, un prosista lírico que se niega a los encasillamientos.

No hay nada peor que le pueda pasar a un poeta como ser encasillado en cierta rama de la poesía. Efraín Huerta, pese a su extensa y variada obra poética, no dejó nunca de ser considerado, exclusivamente, “el poeta de la urbe”. A Jaime Sabines lo catalogaron el poeta de los amorosos. Con José Emilio Pacheco no ha sucedido tal clasificación, aunque hay un tema que lo obsesionaba visiblemente: la mortalidad.

A treinta y seis años de su primer poemario: Los elementos de la noche, y a tres décadas de aquel célebre libro No me preguntes cómo pasa el tiempo, José Emilio Pacheco publicaba, antes de finalizar 1999, La arena errante, un volumen con 133 poemas en donde se respira esa misma ansiedad por el inevitable paso de los años.

El Tiempo, esa palabra inasible (que va, irremisiblemente, unida a la Muerte), es, fue, un factor esencial en la escritura del poeta. Desde su inicio, en 1963, a sus 24 años, Pacheco no dejó de ocuparse de la “destrucción” que ocasiona el correr de los días…

En el lento cadáver de las horas

la noche va dejando transitorios venenos;

contra el aire se rompen las palabras, los días.

Nada se restituye, nada otorga

el verdor a los valles calcinados.

Ni el agua en su destierro sucederá a la fuente,

ni los huesos del águila volverán por sus alas…

… ¿o sería más correcto, y más discreto, decir la “modificación” de las almas?

En lo alto del día

eres aquel que vuelve

a borrar de la tierra la oquedad de su paso;

el miserable héroe que huyó de la batalla

y apoyado en su escudo mira arder la derrota.

El náufrago secreto que se aferra a otro cuerpo

para que el mar no arroje su cadáver a solas.

Era, es, una obsesión suya la fugacidad del tiempo. Si en Los elementos de la noche ya figuraba como tema constante la efigie ominosa de la Muerte, en sus siguientes poemarios esta idea se fue convirtiendo en una plataforma ineludible. Dice en el libro No me preguntes cómo pasa el tiempo:

Pertenezco a una era fugitiva, mundo que se desploma ante mis ojos.

Piso una tierra firme que vientos y mareas erosionaron antes de que pudiera levantar su inventario.

Atrás quedan las ruinas cuyo esplendor mis ojos nunca vieron. Ciudades comidas por la selva, y en ellas nada puede reflejarme. Mohosas piedras en las que no me reconozco.

Poeta que no se sujeta a las ordenanzas y manierismos poéticos, Pacheco escribió legendarios poemas con la premisa inevitable de la transitoriedad. ¿Quién no ha oído por lo menos una vez su celebrada “!Alta traición”, que es, de algún modo, un insigne epitafio, incluida en el volumen No me preguntes cómo pasa el tiempo?

No amo mi Patria. Su fulgor abstracto

es inasible.

Pero (aunque suene mal) daría la vida

por diez lugares suyos, ciertas gentes,

puertos, bosques de pinos, fortalezas,

una ciudad deshecha, gris, monstruosa,

varias figuras de su historia,

montañas

y tres o cuatro ríos.

En 1976, en Al margen, publica en dos líneas, bajo el título “Antiguos compañeros se reúnen”, un sabio aforismo:

Ya somos todo aquello

contra lo que luchamos a los veinte años.

Como se observa, el paso del tiempo era, es, la raíz de su maquinaria poética. Vuelve, una y otra vez, a esta obstinación que es, tal vez a pesar suyo, la base de su trabajo escritural. En 1980, en el libro Desde entonces, publica:

Ni la misma casa ni la misma ciudad, ni los mismos amores ni las mismas costumbres, ni los mismos libros ni los mismos amigos: de aquella época lo único que conservo es mi nombre.

Aunque probablemente, obsesión irrefrenable, al rato los hombres que vivimos ahora tampoco conservemos ya ni nuestros nombres. Dice en “El libro de los muertos” de su poemario La arena errante:

Intento la llamada

pero no hay nadie ya que la conteste.

El timbre suena a hueco en el vacío.

Es la nada la única respuesta.

Las cifras dan acceso al nunca más.

Otro nombre se borra en la libreta

o en la agenda electrónica.

Así acaba la historia.

Un día que ya figura en el calendario

alguien también cancelará mi nombre.

Sin salirse del camino previamente trazado desde su inicio literario, José Emilio Pacheco se introdujo en los poemas como si no hubiera sido un poeta. Por eso no hay ningún tema prohibido en su obra (“El fax vino en tinieblas desde el mundo de ayer ?escribe en El silencio de la luna, libro editado por Era, como todos los del autor, en 1994?. // Algo giró en el aire y se imprimió en el espacio. / El impulso eléctrico / envió señales al termopapel, / engendró calor que se volvió letra y fantasma. // Leí con miedo en el fax / una carta de hace veinte años”). Sin embargo, y yo no sé si esté del todo en lo cierto, sus grandes poemas siempre tienen que ver con el Tiempo:

Ternura

de los objetos mudos que se irán.

Me acompañaron

cuatro meses o cincuenta años

y no volveré a verlos.

Se encaminan

al basurero en que se anularán como sombras.

Nadie nunca podrá rehacer

los momentos que han zozobrado.

El tacto de los días sobre las cosas,

la corriente feroz en la superficie

en donde el polvo dice:

“Nada más yo

estoy aquí para siempre”.

Y si digo que José Emilio Pacheco pareciera un poeta que no lo es, no lo digo por anular, ni mucho menos disminuir, su impoluta labor escritural sino porque, desde mi perspectiva, en él es evidente la inexistencia de las solemnidades agotadoras, las suficiencias tremendistas, los formulismos localizables (esos ríspidos y ahuyentadores cerebrismos que se detectan en los inflexibles y rígidos literatos, tales como Salvador Elizondo, por ejemplo). Los poemas de Pacheco se leen como si fuera uno a leer un relato o una novela. Si nos hallamos un poema en lugar de un cuento es por mera circunstancia del azar:

Si en un principio fui

ya estoy dejando de ser,

me alejo de este lugar, disminuyo

como un camino en el bosque

cuando el avión cobra altura.

Los lectores también, después de todo, pertenecemos a la raza de los mortales.